De influenza e incertidumbre

El miedo se ha instalado dentro y satura nuestros hábitos diarios.

 

Zygmunt Bauman, Tiempos líquidos

 

 

Estos días la influenza se ha incorporado en las conversaciones de medio mundo, no como un tema entre otros, sino como el tema y, una vez frente a él, es imposible no tomar postura. Entre la gente común alcanzo a identificar varios discursos:

 

·      Los que recurren al copy-paste del discurso oficial: sí es curable, sí hay medicamento suficiente, no hay más muertos que los que ya se informó, toma estas medidas precautorias, todo está bajo control.

 

·      Los que consideran que la influenza existe y se salió de control, que todos estamos en riesgo y que el gobierno y los medios ocultan información respecto a la gravedad del asunto.

 

·      Los que afirman que se trata de una cortina de humo frente a otros problemas, tales como el narcotráfico y la crisis mundial, porque, ah, qué influenza tan oportuna.

 

·      Los que hablan de una conspiración global para:

a) Reactivar la economía.

b) Contrarrestar el exagerado crecimiento poblacional.

c) Dominar al mundo.

 

·      Los que predican el fin del mundo y ya escuchan a los jinetes del apocalipsis.

 

·      Los que hablan de la existencia del virus, de los riesgos y de la necesidad de tomar precauciones, pero se muestran artículos frente a las versiones oficiales de los actores legítimos, tales como los gobiernos, los organismos internacionales y los grandes medios de comunicación.

 

Radicales, críticos o como sean los discursos, el denominador común es el miedo: miedo a infectarse, miedo a morir, miedo a la conspiración, miedo a la incertidumbre. Al final de cuentas estamos frente a un acontecimiento disruptivo[1] que nos lleva a comportarnos bajo el principio de sospecha y, siguiendo los planteamientos de Rossana Reguillo y otros autores, la sospecha se basa no en la diferencia, sino en la igualdad: sospechamos de los que son iguales a nosotros y, si antes ya nos preguntábamos si el vecino recién llegado era narco o si era secuestrador el desconocido que encontramos frecuentemente en la calle, ahora criminalizamos también a quien ose estornudar, ante el miedo a contagiarse de influenza.

 

A la epidemia de la influenza, habrá que sumar la del miedo. Entretanto, preguntas sobran y las respuestas nomás no aparecen. Tal vez lo que nos tiene tan alarmados no es lo poco que sabemos, sino lo que no sabemos.


[1] Reguillo, Rossana (2007). “Exclusiones, miedos y fronteras: los desafíos geopolíticos de la identidad”. En Identidades, globalización e inequidad. Ponencias magistrales de la Cátedra Alain Touraine. México: Universidad Iberoamericana, ITESO.

científicos sociales en el espejo

Hace días leí la carta abierta de Ira Franco, para los escritores; en ella plantea la posibilidad y la necesidad de asumir la dimensión política (que no partidista) de su chamba, de trascender la ficción y abordar también temas de interés nacional desde el espacio de relativa notoriedad en el que se encuentran. El punto es que el mismo planteamiento aplica para quienes nos congregamos bajo el título (ganado o en proceso… en mi caso, es en proceso) de científicos sociales. Y hoy me encontré con una reflexión de Adolfo Estalella, sobre la relación del científico social ante sus pares y ante la sociedad. Entre ambos, creo que nos vendría bien trascender lo académico, sin abandonarlo, y aportar algo más que unas bonitas conclusiones a la realidad social que estudiamos.

el cuaderno verde

Las memorias de mi papá fueron escritas durante años en un viejo cuaderno de pastas verdes. Siempre con tinta azul, por algún motivo que nunca conocí. No se trata de un diario, sino de notas de lo que alguna vez consideró relevante. Tantos momentos, tanta felicidad, tanto dolor… tanto quedó registrado ahí, a veces con detalles, a veces sin ellos, a veces las letras dicen mucho más de lo que dicen, como en el párrafo de letras débiles y chuecas hechas por una mano que temblaba segundos después de saber que durante meses se le ocultó una noticia importante.

Este cuaderno verde que he defendido y conservado fue, extrañamente (o a lo mejor ni tan extrañamente) la inspiración principal para investigar sobre la memoria, pero no en cuadernos verdes, sino en blogs autobiográficos. Y heme aquí, en una carrera contra reloj, de la que (espero) pronto tendrán noticias.