Nuevo libro «Espacialidades en la era global»

En mayo pasado presentamos el libro Espacialidades en la era global, que coordiné con Carlos Ríos Llamas. Los 10 capítulos son producto del Seminario del mismo nombre, en el cual participaron colegas de la Facultad de Arquitectura y la Facultad de Comunicación y Mercadotecnia de la Universidad De La Salle Bajío, para reflexionar sobre el espacio desde distintas perspectivas. El libro fue editado por la propia Universidad y está por acá en acceso abierto. 👇🏻

La vida entre pantallas: Metodologías para el estudio de la cultura digital

El pasado viernes 27 de noviembre en el 31 Encuentro Nacional AMIC tuvimos el panel «La vida entre pantallas: Diálogos sobre metodología para el estudio de la cultura digital». Participaron Edgar Gómez Cruz, Emiliano Treré y Gabriela Sued. En la moderación, estuvimos Rodrigo González y yo.

Si bien todo giraba en torno al estudio de la cultura digital desde distintas perspectivas -la etnografía, los métodos digitales, el proyecto de Big Data South-, las reflexiones que aquí salieron van más allá, hacia la metodología en sentido más amplio, los estudios de comunicación, incluso el modo en que llevamos la vida académica en tiempos de pandemia.

Uno de los elementos clave es desarrollar la «imaginación metodológica», que menciona Emiliano Treré en este panel y que había mencionado también Rossana Reguillo en su conferencia.

Por acá está el vídeo.

Declaración de principios

No seré una gran investigadora cuando tenga 80 millones de JCRs y haya escalado todos los niveles en cuanta evaluación meritocrática exista —quienes me conocen saben que eso no es mi hit—. Lo seré cuando pueda notarse mi mano en el trabajo de mis tesistas y cuando ellas/ellos sean capaces de abrir sus propias líneas, de la misma manera que en mi trabajo se nota la mano de quienes me formaron y se abren otras líneas. Para mí, el trabajo científico es más de comunidad que de acumulación.

Just for the record, no es una indirecta, es algo que llevo tiempo pensando, entre pláticas con amigos/colegas y que aterrizó hoy, mientras leía a Robert Heinecken a propósito de la fotografía y la enseñanza.

Crónicas del confinamiento, días 34 al 39 (20 al 26 de abril)

Luego de dos semanas de vacaciones, el regreso a… —aquí es donde no sé cómo nombrarlo, porque no es el regreso a la realidad, tampoco a la normalidad o a la rutina, porque todo eso se vio trastocado— la serie de rutinas laborales que hemos reinventado para la cuarentena fue intenso. Esta semana, tuve un combo mágico de 16 asesorías —algunas exprés y otras con calma—, dos conversatorios, tres reuniones, dos seminarios de investigación, dos clases que doy y otras tres que tomo, dos seminarios de investigación, dos entrevistas y un apéro a distancia, bajo la forma de maratones diarios de Teams y Zoom, con todo lo que ello implica de trabajo previo o posterior.

A veces me siento profundamente agotada en lo mental y en lo físico, a veces tremendamente satisfecha, como el lunes 20, que participé en un conversatorio sobre el 9M y —aunque hicieron falta tiempo y voces— fue una excelente oportunidad para retomar una preocupación que pareciera haber sido sepultada por la pandemia. O también el viernes 24, que participé en otro conversatorio sobre alfabetización digital, centrado en algunos aprendizajes de estos tiempos de contingencia. Este fue interesante, entre otras cosas porque estaba planeado desde antes para realizarse en marzo en la universidad, pero, ante la contingencia, optamos primero por posponerlo y, después, por programarlo en línea. Fue mejor así, porque participó gente de Ciudad de México, Guadalajara, Vallarta, Aguascalientes, León, Colima, Toluca y Costa Rica. El diálogo se tejió muy bien, hubo aportaciones interesantes, entre la catarsis y la reflexión. Creo que salimos todos contentos.

Crónicas del confinamiento, días 13 al 18

Tercera semana de encierro, última antes de las vacaciones, lo que sea que eso signifique ahora. Siguió la rutina de home-office, home-teaching y home-bullying. Dos clases, seis asesorías —que, inicialmente, iban a ser ocho—, cuatro reuniones, tres dictámenes y dos webinars. En medio de todo, hay por lo menos tres proyectos nuevos que me entusiasman y otros que resucitan y también jalan mi atención. A veces me vuelvo soporte técnico de los colegas, a veces hacemos catarsis, a veces nos reímos, a veces digo que no quiero volver a ver una pantalla en mi vida y luego vengo frente a una a escribirlo.

Esta semana fue menos catastrófica en términos de reorganización, pero más apocalíptica en la casa. Nos quedamos sin agua el domingo en la noche porque falló la bomba, hubo que llamar al técnico para que resolviera el problema. Eso incluyó un episodio de mi perro que, creyéndose el salvador de la humanidad, hizo lo posible para que el “intruso” no pasara. Todo iba bien, pero el viernes chafeó el internet justo antes de una asesoría. Sobrevivimos a esa asesoría y dos clases con la señal inestable. En algún momento tuve que jalar internet del celular. En días pasados leía que estos días de confinamiento han coincidido con picos en el uso de internet en el mundo, también leía que hay incertidumbre sobre qué tanto aguantará. Entre las enemil preguntas que abre esta crisis están aquellas acerca de las tecnologías digitales, desde su base material hasta las prácticas que nos han mantenido en contacto y trabajando en estas semanas.

Algo de eso hemos de ver en la academia. Mientras tanto, todo el panorama de congresos se movió. AMIC se pospone y se va a virtual, ALAIC se pospone quizá para fin de año, IAMCR —que iba a ser en Beijing— primero se movió a Tampere y después a virtual, ISA se pospone para el próximo año. Las convocatorias para hacer algo sobre el Coronavirus se multiplican. Creo que necesitamos comprender las muchas dimensiones del fenómeno, aunque también creo que no tenemos suficiente distancia crítica.

Oficialmente, hoy empiezan las vacaciones. De acuerdo con el plan, ahora estaría en Guadalajara. Mañana volaría a Los Angeles y después a Helsinki. Recuerdo el día que vi el caos que empezaba en Italia, también cuando vi que cerró el Musée de Louvre en París y pensé por primera vez en la posibilidad de que mis ansiadas vacaciones peligraran. Esa vez le pregunté a un amigo químico si no estábamos sobreestimando la situación y su respuesta me llevó a posponer el viaje. Fui muy ingenua con mis problemas de primer mundo, ya sé, no esperaba yo entonces que todo cambiara tanto en pocos días y que la pandemia fuera a tener tantas implicaciones en el mundo, con distintos niveles de gravedad.

Sigo pensando que la crisis saca lo mejor y lo peor de nosotros. A media semana platiqué con un joven del servicio a domicilio del súper, mi pedido no llegó completo porque hay varios productos que están agotados —y que tampoco hay en las tienditas cercanas a esta casa—, me decía que varios clientes han sido groseros con él por esta situación, como si fuera su culpa la escasez. Mientras tanto, veo también iniciativas de ayuda a quienes están en problemas, en León, en Casa Loyola, Menta & Albahaca, Kowi, entre otras; algunas más en Aguascalientes, Guadalajara y Ciudad de México. No todo está perdido.

Crónicas del confinamiento, días 6 al 11

Siempre he pensado que no es la cantidad la que importa, sino la calidad. Al mismo tiempo, siempre tiendo a registrarlo todo y parte del registro es contar. Esta semana abrió con 31 asesorías para estudiantes que estaban terminando proyectos intermedios o finales (15 minutos por persona, cual si se tratara de agenda de médico del IMSS), 5 asesorías de tesis, 3 reuniones (que el Comité del Doctorado, que el Observatorio, que los becarios) y 3 clases, todo en línea, en Zoom y Teams. No es que sea diferente de lo que hago habitualmente (quienes me conocen saben que suelo dejar el pellejo en lo que hago), sino que todo eso en presencial es distinto en muchos sentidos, mientras que todo eso en digital multiplica el cansancio físico, son muchas horas frente a la pantalla, con audífonos, en una silla que—por cómoda que sea— cansa. Las gotas de manzanilla para los ojos y unos audífonos de diadema —sí, sí, de los que nunca me gustaron— se han vuelto parte de mi cotidianidad. A eso hay que sumar el cansancio intelectual y emocional.

Esto no es queja, en medio de todo lo terrible, estoy en el grupo de privilegio que puede trabajar desde casa y cuidar de quien le necesita, que en mi caso es cuidar de mi mamá. Se trata simplemente de reconocer que se trata de un cambio drástico para el cual ni siquiera los que adoramos los recursos digitales estábamos preparados. Las y los profesores continuamos labores en medio de la contingencia y, por mucho que sigamos rutinas y horarios, la situación que vivimos no es normal, no es simple y no podemos cerrar los ojos a los cambios, las incertidumbres y las complicaciones que hay hoy en el mundo en términos médicos, sociales, económicos y más. A veces pienso, como dice el post que compartí hace unos días, que nuestra nueva “normalidad” debe evidenciar lo que estaba mal en la que teníamos y nos debe ayudar a construir una nueva, donde derechos elementales como la salud no estén a discusión en función de recursos y capacidades, donde responsabilidades básicas como cuidarnos unos a otros no brillen por su ausencia, donde una emergencia no nos colapse social y económicamente. A veces no soy tan optimista, escucho a los vecinos de mi mamá que tuvieron fiesta, leo noticias de agresiones a personal médico, veo cómo gente con doctorado comparte noticias falsas sobre la contingencia y pienso que nos merecemos la extinción. Las crisis sacan lo mejor y lo peor de nosotros, toca ver qué aprendemos y cómo contribuimos a mejorar.

En fin, las redes de apoyo son lo que sostiene en momentos como éste. En mi caso, mis estudiantes, tesistas y becarias han respondido maravillosamente, ni qué decir de mis colegas y amigos, así como de mi mamá, que no sólo se ha mostrado solidaria, sino que esta vez sí se ha dejado cuidar. De todos ellos, valoro un montón la paciencia, la solidaridad y la confianza. Extraño muchas presencias, abrazos y charlas. Extraño regresar a pie a mi depa en León, en medio de los árboles. Extraño las cosas pequeñas, que son las que construyen lo que somos.

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Crónicas del confinamiento, días 3&4

El viernes desperté adolorida. No sé si en sueños escalé el Himalaya o si simplemente el trabajo desde casa está siendo más agotador que el normalito, con todo y las horas extra de un día sí y otro también. Amanecí con ojos irritados, alergia (de ronchas, no sólo de estornudos), dolor de espalda (mucho tiempo sentada, más que de costumbre) y dolor en el dedo gordo de la mano derecha (mucho mouse ayer). O sea, me está pasando factura el encierro y eso que apenas comienza.

La contingencia obliga a reacomodar actividades como se pueda. En condiciones normales, tengo más tiempo para revisar los trabajos de mis estudiantes. En estos días me he visto envuelta en un maratón de reuniones, asesorías y clases a través de Zoom. Todos mis colegas están igual. Dentro de todo lo terrible, tenemos el privilegio de poder trabajar desde casa, pero hay harta presión sobre nosotros. Mudar todo a modalidad en línea es un paso difícil incluso para quienes tenemos cierta experiencia en esto, entre otras cosas porque sabemos que la educación en línea lleva otra lógica y que lo que estamos haciendo -lo que se está requiriendo- es mantener la lógica presencial de horarios y adaptar las cosas lo mejor posible. Quienes claman por devolución de colegiaturas por todo lo que «se va a perder» no saben el esfuerzo que estamos haciendo.

En fin, en todas las asesorías, reuniones y en las tres clases del fin de semana, hubo episodios de gatita maullando -sí, Justina, la que nunca me pela, considera que las reuniones en Zoom son excelentes oportunidades para alzar la voz- y perritos ladrando -ellos siempre me pelan y siempre han sido particularmente afectos a eso de ladrar en cualquier momento, sin razón alguna, así que no es novedad-.

Como sea, ya hice la ruta del vino. He paseado copa en mano de la recámara a la cocina, al comedor, a la sala. Y quiero dormir, quiero dormir muchas horas seguidas.

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Crónicas del confinamiento, días 1 y 2

Aproveché que todas mis clases, asesorías y reuniones pudieron reprogramarse en línea y adelanté mi viaje a Aguas, para cuidar de mi mamá. Si bien es saludable y fuerte como un roble, es parte de la población de riesgo porque es de la tercera edad.

Viajé en autobús para tener asiento sola. No había indicaciones especiales en la central de León como tampoco en la de Aguascalientes. Había mucha gente, no necesariamente con suficiente distancia. Algunos (los menos) parece que se preparan para una guerra bacteriológica, otros vamos por la vida con gel y/o toallitas antibacteriales (quienes me conocen saben que siempre traigo toallitas, así que esto es sólo un refuerzo), otros siguen su vida como si nada pasara.

En fin, después de organizar la rutina de home-office / home-teaching / home-bullying y de casi amarrar a mamá para que no ose salir, fui al súper y me sorprendió el contraste. Por un lado, todo parece seguir igual, montón de gente en la calle, sin el más mínimo cuidado en cuanto a distancia y esas cosas. Sin embargo, en Plaza San Marcos ya está clausurada la parte de las mesas, ya no hay algunos productos como cloro o harina de maíz (todavía hay papel de baño, por si estaban con pendiente), pero no veo que tengan suficiente protección los empleados y cerillos.

En línea, es interesantísimo lo que está pasando, más allá de las indicaciones institucionales, entre colegas estamos probando cosas, compartiendo experiencias, dando tips y, sobre todo, dando apoyo moral en momentos complicados.

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Once

Para Nancy, Dora y Andrea Nohemí.

 

 

Millones de mujeres salimos de casa todos los días para ir a estudiar, a trabajar, al gimnasio, al parque, al súper, al café, a donde sea. Permanecemos en la escuela, en el trabajo, en la casa. Estudiamos, trabajamos, cuidamos, aportamos muchas cosas, creamos, amamos tanto. Diariamente, en México, once mujeres no terminan el día, porque alguien les arrebata la vida. Las historias de esas vidas quedan truncadas de las maneras más horribles.

En el 93 pensábamos que Ciudad Juárez era un lugar peligroso para las mujeres o, más específicamente, para ciertas mujeres. Empezamos a hablar de “las muertas de Juárez” y las veíamos lejos. Sus madres clamaban justicia. Los hijos de algunas de ellas no entendían qué pasaba, por qué su mamá había salido a la fábrica y no había regresado jamás. Parece que nadie les escuchaba.

Con el tiempo fueron siendo más las mujeres asesinadas en México, ya no sólo en Juárez, sino en otros lugares. Al mapa del horror se sumaron Veracruz, el Estado de México, Guanajuato, nuestro Guanajuato. Hoy en este país no hay un estado sin feminicidios. Nadie se escandalizó cuando asesinaban dos mujeres por día, o cuatro o siete. Vamos en once por día y hay quienes todavía no entienden la gravedad del asunto.

Por supuesto que a los hombres también los matan, también dejan ausencias fuertes, también nos duelen. Pero el móvil es distinto, la violencia sobre los cuerpos es distinta, los juicios de las autoridades y a veces de la sociedad misma son distintos. Necesitamos entenderlo.

Once mujeres no terminan el día. Quizá sus padres las esperaban para regresar a casa y se cansaron de marcar a un celular que mandaba al buzón. Quizá sus amigas esperaban verlas ese día. Quizás escribieron una y otra vez “amiga, ¿ya llegaste?, ¿está todo bien?” y no obtuvieron respuesta. Quizá sus parejas no supieron que aquel beso fue el último. Quizá sus profesores no supieron que aquel pase de lista fue el último. Quizá quienes las aman las buscaron —y las siguen buscando— hasta debajo de las piedras.

Quizá quienes solían verlas en el autobús no notarán la ausencia y tampoco quienes se encontraban con ellas cruzando la misma calle o entrando a la misma escuela. Quizás en las estadísticas que presentan los medios sean un número más, una fotografía explícita más, una mujer más a la que las autoridades culpan del riesgo, de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada, de su propia muerte. Quizá sea una mujer más que “es hallada muerta”, cuando bien va y es hallada, cuando no dura meses o incluso años desaparecida.

Las once mujeres diarias tienen historia. Tenían 49 años, 40, 31, 27, 24, 23, 19, 17, 16, 7, 3. Tenían sueños e ilusiones, tenían planes, tenían muchas cosas pendientes para ese día y para la vida. También tenían miedo y dolor, sobre todo en los últimos minutos. Tenían y tienen nombre: Abril, Adriana, Andrea Nohemí, Campira, Daniela, Dulce Ivana, Fátima Cecilia, Ingrid, Lesvy, Mara Fernanda, Paloma y un largo etcétera.

Nombrarlas es luchar contra el olvido, para que el paso de cada una de ellas por el mundo no se pierda. Nombrarlas es entenderlas como personas, no como cifras que se pierden en expedientes que no avanzan. Nombrarlas es regresarles la dignidad, para que sus cuerpos lastimados no sean objetos desechables.

Once mujeres son once de nosotras. Quizá nuestras alumnas, nuestras maestras, nuestras amigas, nuestras hermanas. Con once por día nos están matando a todas, un poco cada día. La herida sigue abierta. No acabamos de superar el horror de una muerte cuando ya llegó otra.

Por eso, once por día nos deben hacer pensar qué estamos haciendo como sociedad, no para entrar en pánico y encerrarnos en la búsqueda de evitar ser la siguiente, sino para romper el miedo y encontrar la manera de seguir vivas y seguir juntas, de seguir juntos también. No sería justo ni humano dejar que once se conviertan en trece o veinte o todas. No tenemos más tiempo. La reflexión es hoy, las acciones son hoy, la solidaridad y el amor frente al dolor es hoy también.

En vida, Andrea Nohemí —quien fue asesinada en 2012— escribió en una carta: “Si no tienes voz, grita; si no tienes piernas, corre; si no tienes esperanza, invéntala”. Por ella, por todas las que ya no están y por quienes aún estamos, nos toca inventar la esperanza donde parece no haberla.

 

* Este texto fue escrito para la jornada de reflexión sobre el feminicidio, Universidad De La Salle Bajío, 4 de marzo de 2020.

#undíasinnosotras

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¿Qué pasaría si desaparezco, si me matan? ¿De qué tamaño sería mi ausencia? ¿Qué cosas se caerían si no las hago yo, si no participo, si dejo de estar? Ése es el sentido de #undíasinnosotras. No es un día de asueto, es un día de reflexión, de pensar en la ausencia.

La violencia contra las mujeres se ha naturalizado a tal grado que no parece grave que en México maten 11 mujeres por día. Hay más discusión sobre cómo podemos protegernos del coronavirus que sobre qué podemos hacer como sociedad para enfrentar la epidemia social de feminicidios y otras formas de violencia que padecemos todos los días. Por eso el paro convoca a todas las mujeres, no a todas las personas. No significa desconocer la violencia contra los hombres, que también es grave, también nos duele y también produce ausencias, pero el 9 de marzo pensemos en la ausencia de las mujeres. Cada año se hace paro el 8 de marzo, que es el día internacional de las mujeres. A muchos se les olvida que ese día no es una celebración -y hay quienes hasta envían mensajes de felicitación-, sino un recordatorio de la necesidad de equidad de género. Uno de los acontecimientos que se vincula a ese día es el incendio en una fábrica en New York en 1911, donde murieron casi 150 mujeres porque las dejaron encerradas ahí. Cada 8 de marzo conmemoramos eso, por eso algunas paramos y/o vestimos de negro o de morado.

Con el paro del 9 de marzo, hay quienes tenemos la posibilidad de faltar al trabajo y que eso no tenga consecuencias, pero también hay quienes pueden ver comprometido un día de salario y eso significaría no llegar bien a fin de mes. Por eso celebro que muchas universidades y otras organizaciones se solidaricen, de manera que faltar ese día no tenga consecuencias para quienes pudieran estar en esas situaciones. En sentido estricto, no necesitamos «autorización» para ejercer un derecho, pero en términos prácticos sí hay grandes sectores que necesitan ese tipo de apoyo para participar.

Sin embargo, también creo que la solidaridad un día no es suficiente si no hay un compromiso de fondo por mejorar las condiciones y buscar la equidad. No es suficiente que los gobiernos se unan si no emprenden acciones reales para hacer frente a la violencia, no es suficiente que las universidades se unan si no tienen mecanismos para atender los casos de acoso, no es suficiente que las empresas se unan si sostienen prácticas de acoso y desigualdad salarial.

Quienes podamos parar, paremos. Quienes se puedan solidarizar, háganlo. Y no dejen de pensar qué pasaría si desapareciéramos. No es algo que nos guste pensar, a veces ni siquiera es algo que pensemos posible, pero lo es. Algo podemos cambiar desde lo individual, mucho más podemos cambiar desde lo colectivo.