Crónicas del confinamiento, días 6 al 11

Siempre he pensado que no es la cantidad la que importa, sino la calidad. Al mismo tiempo, siempre tiendo a registrarlo todo y parte del registro es contar. Esta semana abrió con 31 asesorías para estudiantes que estaban terminando proyectos intermedios o finales (15 minutos por persona, cual si se tratara de agenda de médico del IMSS), 5 asesorías de tesis, 3 reuniones (que el Comité del Doctorado, que el Observatorio, que los becarios) y 3 clases, todo en línea, en Zoom y Teams. No es que sea diferente de lo que hago habitualmente (quienes me conocen saben que suelo dejar el pellejo en lo que hago), sino que todo eso en presencial es distinto en muchos sentidos, mientras que todo eso en digital multiplica el cansancio físico, son muchas horas frente a la pantalla, con audífonos, en una silla que—por cómoda que sea— cansa. Las gotas de manzanilla para los ojos y unos audífonos de diadema —sí, sí, de los que nunca me gustaron— se han vuelto parte de mi cotidianidad. A eso hay que sumar el cansancio intelectual y emocional.

Esto no es queja, en medio de todo lo terrible, estoy en el grupo de privilegio que puede trabajar desde casa y cuidar de quien le necesita, que en mi caso es cuidar de mi mamá. Se trata simplemente de reconocer que se trata de un cambio drástico para el cual ni siquiera los que adoramos los recursos digitales estábamos preparados. Las y los profesores continuamos labores en medio de la contingencia y, por mucho que sigamos rutinas y horarios, la situación que vivimos no es normal, no es simple y no podemos cerrar los ojos a los cambios, las incertidumbres y las complicaciones que hay hoy en el mundo en términos médicos, sociales, económicos y más. A veces pienso, como dice el post que compartí hace unos días, que nuestra nueva “normalidad” debe evidenciar lo que estaba mal en la que teníamos y nos debe ayudar a construir una nueva, donde derechos elementales como la salud no estén a discusión en función de recursos y capacidades, donde responsabilidades básicas como cuidarnos unos a otros no brillen por su ausencia, donde una emergencia no nos colapse social y económicamente. A veces no soy tan optimista, escucho a los vecinos de mi mamá que tuvieron fiesta, leo noticias de agresiones a personal médico, veo cómo gente con doctorado comparte noticias falsas sobre la contingencia y pienso que nos merecemos la extinción. Las crisis sacan lo mejor y lo peor de nosotros, toca ver qué aprendemos y cómo contribuimos a mejorar.

En fin, las redes de apoyo son lo que sostiene en momentos como éste. En mi caso, mis estudiantes, tesistas y becarias han respondido maravillosamente, ni qué decir de mis colegas y amigos, así como de mi mamá, que no sólo se ha mostrado solidaria, sino que esta vez sí se ha dejado cuidar. De todos ellos, valoro un montón la paciencia, la solidaridad y la confianza. Extraño muchas presencias, abrazos y charlas. Extraño regresar a pie a mi depa en León, en medio de los árboles. Extraño las cosas pequeñas, que son las que construyen lo que somos.

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Crónicas del confinamiento, días 3&4

El viernes desperté adolorida. No sé si en sueños escalé el Himalaya o si simplemente el trabajo desde casa está siendo más agotador que el normalito, con todo y las horas extra de un día sí y otro también. Amanecí con ojos irritados, alergia (de ronchas, no sólo de estornudos), dolor de espalda (mucho tiempo sentada, más que de costumbre) y dolor en el dedo gordo de la mano derecha (mucho mouse ayer). O sea, me está pasando factura el encierro y eso que apenas comienza.

La contingencia obliga a reacomodar actividades como se pueda. En condiciones normales, tengo más tiempo para revisar los trabajos de mis estudiantes. En estos días me he visto envuelta en un maratón de reuniones, asesorías y clases a través de Zoom. Todos mis colegas están igual. Dentro de todo lo terrible, tenemos el privilegio de poder trabajar desde casa, pero hay harta presión sobre nosotros. Mudar todo a modalidad en línea es un paso difícil incluso para quienes tenemos cierta experiencia en esto, entre otras cosas porque sabemos que la educación en línea lleva otra lógica y que lo que estamos haciendo -lo que se está requiriendo- es mantener la lógica presencial de horarios y adaptar las cosas lo mejor posible. Quienes claman por devolución de colegiaturas por todo lo que “se va a perder” no saben el esfuerzo que estamos haciendo.

En fin, en todas las asesorías, reuniones y en las tres clases del fin de semana, hubo episodios de gatita maullando -sí, Justina, la que nunca me pela, considera que las reuniones en Zoom son excelentes oportunidades para alzar la voz- y perritos ladrando -ellos siempre me pelan y siempre han sido particularmente afectos a eso de ladrar en cualquier momento, sin razón alguna, así que no es novedad-.

Como sea, ya hice la ruta del vino. He paseado copa en mano de la recámara a la cocina, al comedor, a la sala. Y quiero dormir, quiero dormir muchas horas seguidas.

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Crónicas del confinamiento, días 1 y 2

Aproveché que todas mis clases, asesorías y reuniones pudieron reprogramarse en línea y adelanté mi viaje a Aguas, para cuidar de mi mamá. Si bien es saludable y fuerte como un roble, es parte de la población de riesgo porque es de la tercera edad.

Viajé en autobús para tener asiento sola. No había indicaciones especiales en la central de León como tampoco en la de Aguascalientes. Había mucha gente, no necesariamente con suficiente distancia. Algunos (los menos) parece que se preparan para una guerra bacteriológica, otros vamos por la vida con gel y/o toallitas antibacteriales (quienes me conocen saben que siempre traigo toallitas, así que esto es sólo un refuerzo), otros siguen su vida como si nada pasara.

En fin, después de organizar la rutina de home-office / home-teaching / home-bullying y de casi amarrar a mamá para que no ose salir, fui al súper y me sorprendió el contraste. Por un lado, todo parece seguir igual, montón de gente en la calle, sin el más mínimo cuidado en cuanto a distancia y esas cosas. Sin embargo, en Plaza San Marcos ya está clausurada la parte de las mesas, ya no hay algunos productos como cloro o harina de maíz (todavía hay papel de baño, por si estaban con pendiente), pero no veo que tengan suficiente protección los empleados y cerillos.

En línea, es interesantísimo lo que está pasando, más allá de las indicaciones institucionales, entre colegas estamos probando cosas, compartiendo experiencias, dando tips y, sobre todo, dando apoyo moral en momentos complicados.

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Once

Para Nancy, Dora y Andrea Nohemí.

 

 

Millones de mujeres salimos de casa todos los días para ir a estudiar, a trabajar, al gimnasio, al parque, al súper, al café, a donde sea. Permanecemos en la escuela, en el trabajo, en la casa. Estudiamos, trabajamos, cuidamos, aportamos muchas cosas, creamos, amamos tanto. Diariamente, en México, once mujeres no terminan el día, porque alguien les arrebata la vida. Las historias de esas vidas quedan truncadas de las maneras más horribles.

En el 93 pensábamos que Ciudad Juárez era un lugar peligroso para las mujeres o, más específicamente, para ciertas mujeres. Empezamos a hablar de “las muertas de Juárez” y las veíamos lejos. Sus madres clamaban justicia. Los hijos de algunas de ellas no entendían qué pasaba, por qué su mamá había salido a la fábrica y no había regresado jamás. Parece que nadie les escuchaba.

Con el tiempo fueron siendo más las mujeres asesinadas en México, ya no sólo en Juárez, sino en otros lugares. Al mapa del horror se sumaron Veracruz, el Estado de México, Guanajuato, nuestro Guanajuato. Hoy en este país no hay un estado sin feminicidios. Nadie se escandalizó cuando asesinaban dos mujeres por día, o cuatro o siete. Vamos en once por día y hay quienes todavía no entienden la gravedad del asunto.

Por supuesto que a los hombres también los matan, también dejan ausencias fuertes, también nos duelen. Pero el móvil es distinto, la violencia sobre los cuerpos es distinta, los juicios de las autoridades y a veces de la sociedad misma son distintos. Necesitamos entenderlo.

Once mujeres no terminan el día. Quizá sus padres las esperaban para regresar a casa y se cansaron de marcar a un celular que mandaba al buzón. Quizá sus amigas esperaban verlas ese día. Quizás escribieron una y otra vez “amiga, ¿ya llegaste?, ¿está todo bien?” y no obtuvieron respuesta. Quizá sus parejas no supieron que aquel beso fue el último. Quizá sus profesores no supieron que aquel pase de lista fue el último. Quizá quienes las aman las buscaron —y las siguen buscando— hasta debajo de las piedras.

Quizá quienes solían verlas en el autobús no notarán la ausencia y tampoco quienes se encontraban con ellas cruzando la misma calle o entrando a la misma escuela. Quizás en las estadísticas que presentan los medios sean un número más, una fotografía explícita más, una mujer más a la que las autoridades culpan del riesgo, de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada, de su propia muerte. Quizá sea una mujer más que “es hallada muerta”, cuando bien va y es hallada, cuando no dura meses o incluso años desaparecida.

Las once mujeres diarias tienen historia. Tenían 49 años, 40, 31, 27, 24, 23, 19, 17, 16, 7, 3. Tenían sueños e ilusiones, tenían planes, tenían muchas cosas pendientes para ese día y para la vida. También tenían miedo y dolor, sobre todo en los últimos minutos. Tenían y tienen nombre: Abril, Adriana, Andrea Nohemí, Campira, Daniela, Dulce Ivana, Fátima Cecilia, Ingrid, Lesvy, Mara Fernanda, Paloma y un largo etcétera.

Nombrarlas es luchar contra el olvido, para que el paso de cada una de ellas por el mundo no se pierda. Nombrarlas es entenderlas como personas, no como cifras que se pierden en expedientes que no avanzan. Nombrarlas es regresarles la dignidad, para que sus cuerpos lastimados no sean objetos desechables.

Once mujeres son once de nosotras. Quizá nuestras alumnas, nuestras maestras, nuestras amigas, nuestras hermanas. Con once por día nos están matando a todas, un poco cada día. La herida sigue abierta. No acabamos de superar el horror de una muerte cuando ya llegó otra.

Por eso, once por día nos deben hacer pensar qué estamos haciendo como sociedad, no para entrar en pánico y encerrarnos en la búsqueda de evitar ser la siguiente, sino para romper el miedo y encontrar la manera de seguir vivas y seguir juntas, de seguir juntos también. No sería justo ni humano dejar que once se conviertan en trece o veinte o todas. No tenemos más tiempo. La reflexión es hoy, las acciones son hoy, la solidaridad y el amor frente al dolor es hoy también.

En vida, Andrea Nohemí —quien fue asesinada en 2012— escribió en una carta: “Si no tienes voz, grita; si no tienes piernas, corre; si no tienes esperanza, invéntala”. Por ella, por todas las que ya no están y por quienes aún estamos, nos toca inventar la esperanza donde parece no haberla.

 

* Este texto fue escrito para la jornada de reflexión sobre el feminicidio, Universidad De La Salle Bajío, 4 de marzo de 2020.