Crónicas del confinamiento, días 1 y 2

Aproveché que todas mis clases, asesorías y reuniones pudieron reprogramarse en línea y adelanté mi viaje a Aguas, para cuidar de mi mamá. Si bien es saludable y fuerte como un roble, es parte de la población de riesgo porque es de la tercera edad.

Viajé en autobús para tener asiento sola. No había indicaciones especiales en la central de León como tampoco en la de Aguascalientes. Había mucha gente, no necesariamente con suficiente distancia. Algunos (los menos) parece que se preparan para una guerra bacteriológica, otros vamos por la vida con gel y/o toallitas antibacteriales (quienes me conocen saben que siempre traigo toallitas, así que esto es sólo un refuerzo), otros siguen su vida como si nada pasara.

En fin, después de organizar la rutina de home-office / home-teaching / home-bullying y de casi amarrar a mamá para que no ose salir, fui al súper y me sorprendió el contraste. Por un lado, todo parece seguir igual, montón de gente en la calle, sin el más mínimo cuidado en cuanto a distancia y esas cosas. Sin embargo, en Plaza San Marcos ya está clausurada la parte de las mesas, ya no hay algunos productos como cloro o harina de maíz (todavía hay papel de baño, por si estaban con pendiente), pero no veo que tengan suficiente protección los empleados y cerillos.

En línea, es interesantísimo lo que está pasando, más allá de las indicaciones institucionales, entre colegas estamos probando cosas, compartiendo experiencias, dando tips y, sobre todo, dando apoyo moral en momentos complicados.

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