En mi hambre, mando yo…

Peligro en el camino

 

Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.

Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.

Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.

El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:

—En mi hambre, mando yo.

 

Eduardo Galeano, Espejos.

Otro poquito de Galeano, sobre la Revolución

Fotos: El trono

Ciudad de México, Palacio Nacional, diciembre de 1914.

El campo, alzado en revolución, invade el planeta urbano. El norte y el sur, Pancho Villa y Emiliano Zapata, conquistan la ciudad de México.

Mientras sus soldados, perdidos como ciego en tiroteo, dan vueltas por las calles pidiendo comida y esquivando máquinas jamás vistas, Villa y Zapata entran al palacio de gobierno.

Y Villa le ofrece a Zapata la dorada silla presidencial.

Zapata no la acepta.

—Deberíamos quemarla—dice—. Está embrujada. Cuando un hombre bueno se sienta aquí, se vuelve malo.

Villa se ríe, como si fuera chiste, desparrama sobre la silla su grande humanidad y posa ante la cámara de Agustín Víctor Casasola.

A su lado, Zapata se ve ajeno, ausente, pero mira la cámara como si disparara balas, no flashes, y con los ojos dice:

—Lindo lugar para irse.

Y al rato nomás, el jefe del sur se vuelve al pueblo de Anenecuilco, su cuna, su santuario, para seguir rescatando, desde allá, las tierras robadas.

Villa no demora en imitarlo:

—Este rancho está muy grande para nosotros.

Los que después se sientan en la codiciada silla, la de los dorados oropeles, presiden las matanzas que restablecen el orden.

Zapata y Villa caen, asesinados a traición.

 

Eduardo Galeano, Espejos.

 

A propósito de la Revolución

Prohibido ser campesino

Mientras Pancho Villa, eufórico cuatrero, incendiaba el norte de México, Emiliano Zapata, melancólico arriero, encabezaba la revolución del sur.

En todo el país, los campesinos se alzaban en armas:

—La justicia se subió al cielo. Aquí ya no está—decían.

Para bajarla, peleaban.

Qué más remedio.

Al sur, el azúcar reinaba, tras las murallas de sus castillos, y el maíz malvivía en los pedregales. El mercado mundial humillaba al mercadito local, y los usurpadores de la tierra y del agua aconsejaban a sus despojados:

—Siembren en macetas.

Los alzados eran gente de la tierra, no de la guerra, que suspendían la revolución por siembra o por cosecha.

Sentado entre los vecinos que charlaban de gallos y caballos a la sombra de los laureles, Zapata escuchaba mucho y poco decía. Pero este callado logró que la buena nueva de su reforma agraria alborotara las comarcas más lejanas.

Nunca la nación mexicana fue tan cambiada.

Nunca la nación mexicana fue tan castigada por cambiar.

Un millón de muertos. Todos, o casi todos, campesinos, aunque algunos vistieran uniforme militar.

 

Eduardo Galeano, Espejos.

Americanos

Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?

¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?

Lo escucharon los peregrinos del Mayflower: Dios decía que América era la Tierra Prometida. Los que allí vivían, ¿eran sordos?

Después, los nietos de aquellos peregrinos del norte se apoderaron del nombre y de todo lo demás. Ahora, americanos son ellos. Los que vivimos en las otras Américas, ¿qué somos?

Eduardo Galeano, Espejos.