Medianeras, la ciudad y la red

De mi columna, que se llama igual que este blog, en Razón y Palabra.

“Hace más de diez años me senté frente a la computadora y tengo la sensación de que, desde entonces, nunca más me levanté”, decía Martín, uno de los personajes principales de Medianeras, un cortometraje que Gustavo Taretto dirigió en 2005[1] y que ahora, en 2011, se ha convertido en un largometraje[2]. He de confesar que sólo he visto el primero, hace años, en un festival de cine y que espero con ansias la llegada del segundo.

Medianeras es una reflexión sobre la ciudad, concretamente sobre la ciudad de Buenos Aires, la cual es caracterizada por Taretto como “caótica, impredecible, contradictoria, luminosa, empobrecida y hostil”[3]. Sobre ella, la reflexión tiene que ver con las implicaciones del crecimiento urbano desordenado en la vida cotidiana de sus habitantes: la presencia de demasiada gente en determinado territorio no ha conducido a una mayor convivencia entre quienes viven en cercanía geográfica. La reflexión que plantea Taretto sobre su ciudad bien podría plantearse sobre cualquiera de nuestras ciudades, medianas o grandes.

Esta posibilidad de pensar la ciudad en Medianeras plantea también una reflexión sobre internet. En nuestros tiempos es casi imposible pensar una cosa sin la otra. Mariana y Martín, los protagonistas de la película, experimentan cierta proximidad geográfica, suelen circular por los mismos lugares y constantemente se encuentran en la calle, pero no se dan cuenta, porque no se conocen, no saben quiénes viven alrededor ni cuánto tienen en común; a la vez, experimentan otras proximidades a través de internet, que no es una realidad alterna, sino algo que se ha incorporado en la vida cotidiana. De igual modo, la historia de amor de estos dos personajes, que experimentan la soledad y el aislamiento, podría ser la historia de muchos.

Pero, más allá de las historias, una gran aportación de la película es que coloca en la misma mesa de reflexión a la ciudad, la red y las subjetividades. Hace años, había quienes pronosticaban el fin de las ciudades e incluso de las interacciones cotidianas, a partir del crecimiento de Internet. El tiempo ha demostrado que las ciudades no han desaparecido, pero que muchas lógicas urbanas se han trastocado con los flujos globales de información.

La reflexión sobre la ciudad e Internet no puede desligarse en nuestros tiempos, porque la relación se produce en varios niveles y dimensiones, porque la ciudad no es un simple escenario donde ocurren las interacciones, la ciudad también ocurre a partir de esas interacciones. La red no existe como una realidad aparte, sino como una que está ligada a las condiciones materiales de infraestructura, a las condiciones políticas en términos de regulaciones y de posibilidades de libertad —o de restricción, como desafortunadamente hemos visto muchos casos recientemente—, a las condiciones culturales y educativas en términos de usos y apropiaciones.

Todas estas relaciones parecen invisibilizarse en las interacciones interpersonales, pero están ahí, como las calles de la caótica ciudad.


[1] The Internet Movie Database. “Medianeras” (2005). Consultado el 29 de octubre de 2011, en: http://www.imdb.com/title/tt0455622/

[2] The Internet Movie Database. “Medianeras” (2011). Consultado el 29 de octubre de 2011, en: http://www.imdb.com/title/tt1235841/

[3] Taretto, Guatavo. “Nota del director”. Medianeras. Consultado el 29 de octubre de 2011, en: http://www.medianeras.com/historia.php

Libertad vulnerada: Usuarios de redes sociales, gobiernos y crimen organizado en México

De mi columna Coordenadas Móviles en Razón y Palabra.

 

El gran sueño en torno a Internet ha sido, durante muchos años, la contribución al desarrollo de la democracia, principalmente por medio de la posibilidad de comunicarse libremente. Sin embargo, durante años hemos conocido una serie de casos de ataques a la libertad de expresión, en distintos lugares del mundo, donde no conviene a los regímenes totalitarios que los ciudadanos ejerzan su derecho a la comunicación.

En México, el escenario en torno a la libertad de expresión se ha enturbiado considerablemente: a de los cada vez más frecuentes asesinatos de periodistas, se suman los ataques contra civiles, usuarios activos de Internet, de los cuales hemos conocido algunos en el mes más reciente. La particularidad ahora es que tales ataques provienen de dos lados: el crimen organizado y el gobierno.

Una de las noticias del 15 de septiembre fue escalofriante: Se encontraron los cuerpos descuartizados de un hombre y una mujer en Nuevo Laredo, presuntamente victimados por Zetas, en represalia por difundir noticias sobre la situación de violencia del norte del país, mediante Facebook, Twitter y los blogs Al rojo vivo y Blog del narco[1]. Unos días después, en la misma ciudad, se encontró el cuerpo de una mujer, también mutilada y decapitada, por iguales razones[2].

Otra noticia impactante vino de Veracruz, donde dos tuiteros, Gilberto Martínez y María de Jesús Bravo, fueron acusados de terrorismo, el 30 de agosto. La versión oficial señaló que ellos dispersaron el rumor de un ataque en la ciudad, a pesar de que había información que indica que el pánico en las calles empezó antes que los tuits[3]. Aunque estos ciudadanos fueron liberados el 21 de septiembre, se tipificó un nuevo delito: perturbación del orden público, en el Código Penal de Veracruz; la intención es sancionar con cárcel a quienes difundan rumores que, desde la perspectiva del gobierno, alteren el orden público[4].

Éste momento de libertad vulnerada es clave para recordar el Informe MacBride y su planteamiento del derecho a comunicar como prerrequisito para los otros derechos humanos. ¿Qué posibilidades tienen los ciudadanos para hacer frente a las amenazas que, contra la libertad de expresión, se producen desde el crimen organizado y desde el gobierno? ¿Replegarse a lo privado? ¿Arriesgar por seguir construyendo lo público? ¿Pensar en maneras creativas de seguir denunciando lo que todos sabemos que ocurre, aunque para muchos convenga hacer un voto de silencio?

 


[1] Arana, A. “Murders a warning to Mexican social media users”. Uncut. Consultado el 16 de septiembre de 2011 en: http://uncut.indexoncensorship.org/2011/09/murders-a-warning-to-mexican-social-media-users/

[2] Sin Embargo. “Decapitan a bloguera en Nuevo Laredo por informar sobre narco”. Consultado el 28 de septiembre de 2011 en: http://www.sinembargo.mx/24-09-2011/45407

[3] La Plaza. “Veracruz panic started before ‘terrorist’ tweets, reports say”. Consultado el 12 de septiembre de 2011 en: http://latimesblogs.latimes.com/laplaza/2011/09/twitter-mexico-veracruz-details-confusion-rumor-precedents.html?dlvrit=99665

Imagen de Veracruz. “Inocente, tuitero detenido”. Consultado el 12 de septiembre de 2011 en: http://www.imagendeveracruz.com.mx/vernota.php?id=99663

[4] BBC Mundo. “Liberan a tuiteros encarcelados en México”. Consultado el 21 de septiembre de 2011 en: http://www.bbc.co.uk/mundo/ultimas_noticias/2011/09/110921_ultnot_mexico_liberan_tuiteros_veracruz_jrg.shtml

BBC Mundo. “Cruzada oficial contra tuiteros en México”. Consultado el 7 de septiembre de 2011 en: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/09/110905_twitter_terrorismo_veracruz_an.shtml

El activismo en la era de Internet: algunos matices necesarios

De mi columna, Coordenadas Móviles, en Razón y Palabra.

 

Sin Internet, correo, blogs y esas cosas, el activismo era distinto, no tenía alcance global. Lo anterior es señalado por un activista, en Los días de la tierra, de Robert Stone. En este documental —que, confieso, no me fascinó— se presenta una serie de experiencias de los activistas estadounidenses que, desde el movimiento ecologista, iniciaron la celebración del Día de la Tierra, para concientizar a la sociedad sobre la necesidad de cuidar el medio ambiente. Una de las reflexiones secundarias que se plantean se centra en las labores de difusión del movimiento. En aquel tiempo, a finales de los 60 y principios de los 70, sus estrategias de comunicación se reducían a los medios impresos; de modo que el alcance de sus mensajes era limitado. Hoy, a pesar de la represión en muchos países, Internet se ha vuelto una herramienta fundamental para el activismo. Esto, aunque sea un hecho, no debe “darse por hecho”, por al menos dos razones: la vinculación entre lo local y lo global y la posible ilusión de la participación.

Diversos autores, como Manuel Castells y Jordi Borja[1], han planteado que en nuestros tiempos, con las tecnologías de información y comunicación, se vinculan lo global y lo local en varios sentidos: la red permite interactuar a distancia y elimina —o al menos modifica— las necesidades de desplazarse físicamente, en consecuencia, esto permite a las personas formar parte de comunidades globales. En la década de los 90, fue una preocupación para muchos pensar que las posibilidades de integración global irían en detrimento de las identidades locales. Yo me inclino por pensar en las particularidades locales que permiten identificarse o no con causas globales. ¿Se identifican determinados problemáticas como algo que nos atañe a todos? ¿Se toman acciones en consecuencia? ¿Se vincula el activismo en la red con el activismo en la calle? ¿Se considera que la participación local puede contribuir efectivamente con determinadas causas?

Las revoluciones árabes, por sus evidentes usos de las redes de comunicación digital, han permitido colocar los reflectores sobre los sitios de redes sociales, concretamente sobre Facebook y Twitter. Para muchos, la tecnología es determinante en tales revoluciones. La proliferación de “causas” en Facebook y de hashtags usados para el activismo en Twitter son acciones interesantes; sin embargo, es complicado identificar las posiciones del péndulo, es decir, ¿quiénes, entre los que dan clic o retuitean, están realmente comprometidos con la causa que apoyan?, ¿quiénes lo hacen por construir una imagen —visible, sobra decirlo— de alguien que está presente “en los mejores eventos”?, ¿quiénes, además del clic, están involucrados con otras actividades en pro de la causa, en cualquier lado de la pantalla? En ese sentido, se hace necesario preguntarnos por los factores que motivan a los ciudadanos a integrar la lucha en la red con la lucha en la calle y en qué medida contribuye el activismo en la red al logro de los objetivos de los movimientos. Recientemente, Micah White[2] ha cuestionado el clicktivism, por considerar que reducir el activismo a la red puede ser perjudicial para los movimientos sociales y políticos, puesto que, a veces, se pierde la esencia de la lucha, entre el entusiasmo por las cantidades de clics, firmas, participantes y apoyos obtenidos. Esto no es algo exclusivo de la red, en las marchas realizadas de manera presencial, también podríamos encontrar distintos niveles de compromiso y cuestionar si la esencia del movimiento se conserva en todos. De cualquier modo, es pertinente considerar los planteamientos de White, para analizar el papel de la tecnología en el activismo.

Sin duda, el activismo en la era de Internet es radicalmente diferente, por el alcance global de las redes; los sucesos recientes en Medio Oriente, Europa y el norte de África, nos han permitido observar el poder de la comunicación. No obstante, pensar que la sola presencia de la tecnología nos hará democráticos, resulta quizás ingenuo. Los factores que inciden sobre la participación de la sociedad en diferentes causas, son cada vez más complejos.

 


[1] Borja, Jordi y Manuel Castells. Local y global. La gestión de las ciudades en la era de la información. Taurus. Madrid, 1998.
[2] White, Micah. “Clicktivism is ruining lefting activism”. The Guardian. Consultado el 30 de Julio de 2011, en http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2010/aug/12/clicktivism-ruining-leftist-activism.

Acceso y libertad: El derecho humano a Internet

De mi columna Coordenadas Móviles en Razón y Palabra.

Hace un año, Finlandia estableció la conexión de banda ancha como derecho humano. Se trató del primer país en el mundo que lo consideró. Sus puntos de partida fueron la intención de desarrollar una sociedad de la información y el reconocimiento de que no todos los ciudadanos tenían acceso[1], a pesar de tratarse del primer mundo. En aquel momento no faltaron las opiniones que señalaban que, a diferencia de otros países, Finlandia no tenía problemas graves de derechos humanos y que por eso podía darse el lujo de plantear un derecho así. En otros países, de condiciones bastante diferentes, también se ha discutido y, en varios casos, creado este derecho.

En mayo pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas —a través del Reporte del Relator Especial sobre promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y expresión, Frank La Rue— ha reconocido el derecho humano a Internet, en relación con la libertad de expresión. Los argumentos de la ONU parten de la naturaleza transformadora de Internet, para posibilitar el ejercicio individual de la libertad de expresión, pero también para potenciar otros derechos humanos y para promover el progreso de la sociedad. Para ello, se concentra en dos dimensiones: el acceso al contenido y el acceso a la infraestructura física y técnica que permite acceder a Internet. Además, señala su preocupación ante los atentados contra la libertad de expresión en Internet, que han encabezado diversos gobiernos, con el bloqueo arbitrario de contenidos, la criminalización de la expresión, entre otros mecanismos. Ante esto, ha formulado recomendaciones para que los gobiernos garanticen el acceso a todos los ciudadanos[2].

Pensar Internet como derecho humano tiene al menos dos aristas: 1) el derecho al acceso a las TIC, 2) el derecho a la libertad de expresión.

Gran parte de los argumentos en pro de la consideración de Internet como derecho humano, se centran en la condición de posibilidad para el cambio social y para la defensa de los demás derechos, a partir del acceso, uso y apropiación de la tecnología, entre los derechos de cuarta generación; considerando de primera generación a los derechos civiles y políticos establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos; de segunda generación, a los de naturaleza económica, incorporados desde una tradición humanista y socialista; de tercera generación, a los derechos de la solidaridad, con grupos de edad, minorías étnicas/religiosas, y países tercermundistas, víctimas de la discriminación; y de cuarta generación, a las formas que, en el ciberespacio, cobran los derechos de primera, segunda y tercera generación[3].

El desarrollo de la tecnología ha estado históricamente vinculado al poder, pero Internet ha sido también apropiado por ciertos segmentos de ciudadanos.

Esto no supone de manera automática un elemento democratizador, pero no cabe duda de que es una dinámica que cambia la orientación concentrada y centralizadora que ha caracterizado hasta el momento a gran parte del desarrollo tecnológico. Ahora es posible establecer prácticas comunicativas que derrumban los muros de la antigua polis. Este cambio cualitativo trae consigo nuevas oportunidades de autogestión social, control social horizontal y de participación ciudadana, en pro de una mayor transparencia social. La Red aparece así como uno de los escenarios donde se dirime una de las más decisivas batallas por la libertad de expresión y, por ende, por los derechos humanos en general[4].

 

Amnistía Internacional ha señalado a Internet como nuevo escenario de la lucha por los derechos humanos, por los abusos en la vigilancia y las restricciones al uso de las TIC y a la expresión pública por medio de ellas[5].

Internet, precisamente por esa capacidad transformadora e interactiva que ha señalado Frank La Rue en su reporte, no es simplemente un medio más; es uno donde hay demasiado en juego, en términos de derechos humanos.

 


[1] BBC News Technology. “Finland makes broadband a ‘legal right’”. Consultado el 1 de septiembre de 2010, en http://www.bbc.co.uk/news/10461048

[2] United Nations. General Assembly. “Report of the Special Rapporteur on the promotion and protection of the right to freedom of opinión and expression, Frank La Rue”. Consultado el 16 de junio de 2011, en http://www2.ohchr.org/english/bodies/hrcouncil/docs/17session/A.HRC.17.27_en.pdf

[3] Bustamante Donas, J. “Hacia la cuarta generación de derechos humanos: repensando la condición humana en la sociedad tecnológica”. Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología, Sociedad e Innovación, 1. Consultado el 24 de septiembre de 2010, en http://www.oei.es/revistactsi/numero1/bustamante.htm

[4] Bustamante Donas…

[5] Amnistía Internacional. “Internet y derechos humanos”. Consultado el 24 de septiembre de 2010, en http://www.es.amnesty.org/temas/empresas/internet-y-derechos-humanos/

Increíbles descubrimientos: el presente, el futuro y el eG8

De mi columna Coordenadas Móviles, en Razón y Palabra.

 

Recientemente, se anunció con bombo y platillo la celebración del eG8, una reunión paralela a la cumbre del G8, en la cual Internet fue colocado como tema de la agenda internacional. Los líderes de ocho países desarrollados —Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia— discutieron, junto con los líderes de la red —Facebook, Google, Wikimedia y más—. Mucho podría discutirse al respecto, pero quiero centrarme en un asunto: de acuerdo con el programa[1], el mensaje de bienvenida del anfitrión Nicolas Sarkozy[2], así como algunas de las discusiones, Internet se entiende como algo vinculado al futuro, como una serie de oportunidades y posibilidades para el crecimiento económico y la democracia. En el comunicado de prensa que se emitió al finalizar el encuentro[3], se enfatiza que Internet ha sido incorporado por primera vez en la agenda, en estas cumbres.

Habría que preguntarnos, sin embargo, ¿Internet es el futuro o es el presente de nuestras sociedades? Desde hace más de diez años, Manuel Castells habla de la sociedad red, como una estructura que caracteriza a nuestros tiempos y que se ha construido alrededor de las redes digitales de comunicación, de modo que la vida económica, política, social y cultural atraviesa por la red[4]. Y, en eso, mucho han tenido que ver varios de los países participantes: Internet se desarrolló en Estados Unidos, Francia tuvo su experiencia con el Minitel, gran parte de los dispositivos vienen de Japón, los habitantes de los países miembros del G8 tienen altos niveles de acceso a las TIC. Todo esto parece haberse dado por hecho.

En ese sentido, pensar en Internet y ver sólo hacia el futuro resulta parcial y un tanto engañoso, porque aleja la mirada de las experiencias, de lo construido a lo largo de años de innovación y apropiación. Sobre todo, pensar en Internet y cerrar la discusión, entre gobernantes y empresarios, resulta aún más parcial, porque olvida actores clave en el desarrollo y el estudio de la red: la ciudadanía y la academia, los protagonistas de las transformaciones y aquéllos que pueden contribuir a explicar lo que ha sido y lo que puede ser de la comunicación digital.

De cualquier modo, el encuentro ha servido para observar las posiciones encontradas en torno a distintos asuntos, tales como la regulación: los gobiernos plantean la necesidad de regular la Internet, con la bandera de la defensa de la privacidad, la autoría intelectual y la lucha contra la pornografía infantil; los creadores de Google y Facebook manifestaron su desacuerdo con la idea de las regulaciones, con la bandera de lo colectivo y de la libertad. Los intereses se mueven por todos lados, aunque los de los ciudadanos no estuvieron plenamente representados en la discusión.

Regular o no regular es, claramente, un debate de presente y no de futuro. Si bien todas las acciones deberán orientarse hacia él, la miopía de los líderes de las economías desarrolladas no les permite ver que el increíble descubrimiento de Internet como posibilidad ya había sido hecho años atrás y que, en otros ámbitos, la discusión lleva gran ventaja. Sobre todo, olvidan que la apropiación por parte de los ciudadanos, sigue sus propias lógicas, es diversa y se encuentra en permanente transformación.

Discutir sobre Internet es una necesidad, pero es evidente que los gobernantes han llegado tarde a la discusión. Bien escribió Wislawa Szymborska hace algunos años: “cuando pronuncio la palabra futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado”.


[1] E-G8 Forum. “Agenda”. Consultado el 24 de mayo de 2011, en http://www.eg8forum.com/fr/agenda/

[2] E-G8 Forum. “Mot d’accueil du Président de la Republique”. Consultado el 25 de mayo de 2011, en http://www.eg8forum.com/fr/discours/editorial/

[3] E-G8 Forum. “Press release”. Consultado el 31 de mayo de 2011, en http://www.eg8forum.com/en/documents/press-release/Final_press_release_May_30th.pdf

[4] Castells, Manuel. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Volumen I: La sociedad red. Siglo Veintiuno Editores. México, 2001.

 

El discurso del cineasta: Internet, el cine y la reflexión de Alex de la Iglesia

De mi columna Coordenadas Móviles, en Razón y Palabra.

 

“Internet es la salvación de nuestro cine”, ha dicho Alex de la Iglesia, en la ceremonia de entrega de  los premios Goya, en febrero pasado. Como ha sido registrado en los medios españoles, el cineasta, que hasta ese día era también presidente de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España, ha estado involucrado en la polémica en torno a la ley Sinde; su inconformidad fue lo que lo motivó a renunciar a la presidencia.

Lo que, en su discurso, planteó Alex de la Iglesia sobre el cine e Internet, va más allá de la ley Sinde, invita a pensar en los encontronazos que se producen cuando se trata de legislar las prácticas emergentes de consumo de productos culturales en la red, bajo una lógica que no es la de la red:

Hace 25 años, quienes se dedicaban a nuestro oficio, jamás hubieran imaginado que algo llamado Internet revolucionaría el mercado del cine de esta forma y que el que se vieran o no nuestras películas no iba a ser sólo cuestión de llevar al público a las salas. Internet no es el futuro, como algunos creen; Internet es el presente; Internet es la manera de comunicarse, de compartir información, entretenimiento y cultura, que utilizan cientos de millones de personas; Internet es parte de nuestras vidas y la nueva ventana que nos abre la mente al mundo1.

Tras afirmar que “no tenemos miedo a Internet, porque Internet es precisamente la salvación de nuestro cine”, Alex de la Iglesia propone ser creativos e innovadores, para encontrar otros modos de “entender el negocio del cine”. Esto atraviesa por la valoración del papel de las audiencias en la industria cinematográfica, lo cual es un asunto clave en el discurso antes mencionado. Uno de los primeros señalamientos del director fue que “una película no es la película hasta que alguien se sienta delante y la ve” y poco antes de finalizar recalcó que “hacemos cine porque los ciudadanos nos permiten hacerlo”. Esos mismos ciudadanos, dijo, siguen viendo cine, ahora también a través de la red.

Quizás el elemento clave en el discurso del director es el reconocimiento del cambio. Mirar a las audiencias y comprender sus lógicas implica no sólo valorarlas en tanto consumidores de cine, sino también ser conscientes de su capacidad de agencia en nuestras sociedades contemporáneas. Con las TIC, se están modificando los modos de consumo, pero también se abren posibilidades para la producción y la circulación, a agentes que en los medios tradicionales no tenían acceso a ello.

El surgimiento de formas colaborativas y reticulares de producción y consumo de contenidos, desafía las búsquedas de controlar la propiedad intelectual en la red, como se haría en la era pre-Internet. EnHipermediaciones, Carlos Scolari retoma de Eric Raymond la metáfora de las catedrales y los bazares, para explicar la emergencia de nuevos modos de producción en la comunicación digital: las catedrales fueron pensadas y construidas para una estructura jerárquica, mientras que en los bazares se produce “una gran conversación de la cual emergen configuraciones colectivas”2.

Las prácticas de producción, circulación y consumo no sólo de cine, sino de otros productos culturales, están cambiando de una lógica de catedrales a una de bazar. ¿Habrán de cambiar también ciertas mentalidades? ¿Habrá un modo de hacer compatibles las posiciones encontradas respecto al cine y otros productos culturales en la red? Si lo hay, espero vivir para contarlo.

1 RTVE. “Discurso de Álex de la Iglesia en los Goya 2011”. Consultado el 15 de marzo de 2011, en http://www.youtube.com/watch?v=HjAg4pWxW0A&

2 Scolari, Carlos. Hipermediaciones. Elementos para una teoría de la comunicación digital interactiva. Gedisa. Barcelona, 2008, p. 188.

 

¡Están vivas! Notas sobre la lengua y la lectura en la era de Internet

De mi columna en Razón y Palabra.

 

“Internet es la vuelta de Gutenberg”, señaló Umberto Eco, en una conversación con Javier Marías, realizada con motivo de la celebración por los 1000 números de Babelia, la revista cultural del diario español El País. El argumento del célebre semiólogo y escritor italiano es claro: “Con Internet es una civilización alfabética. Escribirán mal, leerán deprisa, pero si no saben el abecedario se quedan fuera. Los padres de hoy veían la televisión, no leían, pero sus hijos tienen que leer en Internet, y rápidamente. Es un fenómeno nuevo” [1].

La reflexión de Eco rompe con una de las quejas más recurrentes sobre la comunicación en Internet y a través de SMS: que la gente ha dejado de leer. De entrada, cuando se le atribuye a la tecnología una responsabilidad así, pareciera que los sujetos son seres indefensos frente a las malvadas máquinas que les impiden disfrutar de la literatura, la ciencia y la reflexión, en versiones impresas. Pareciera también que las pantallas no permiten posibilidad alguna de lectura, como si lo impreso fuese lo único que tuviera valor; si bien muchos —entre ellos, Umberto Eco— defienden el valor de los libros impresos, los soportes digitales se van incorporando poco a poco a nuestros hábitos de lectura, demostrando que las obras no son tales por su soporte, sino por el contenido. Sobre todo, pareciera que los otros modos de lectura —de las imágenes, de las narrativas, de lo fragmentado— no exigieran habilidades importantes para entender y apropiar aquello que se lee.

De fondo, la defensa de la lectura en su sentido tradicional puede conducir a cerrar los ojos frente a las constantes transformaciones, que no atentan contra, sino que diversifican, las opciones de producción, distribución y consumo de obras. Considero que la clave está en visualizar las prácticas sociales y los productos, no como algo fijo e inamovible, sino como algo vivo, susceptible a los cambios que se producen en el tiempo.

Sobre la lengua, en relación con Internet, Eco afirma: “No creo que el lenguaje se empobrezca, ¡cambia!” y cita el ejemplo del inglés, un idioma que puede considerarse pobre al compararlo con lenguas como el francés, el italiano y el español, pero que, a pesar de todo, “puede decir cosas maravillosas. Por lo tanto, se simplifica, pero puede decir muchas cosas. Las lenguas funcionan”[2]. Ninguno de nosotros habla el español del siglo XVI y eso no nos hace inferiores respecto a nuestros antecesores. La lengua es algo vivo, que recoge las huellas del tiempo y del paso de los sujetos por distintas situaciones; tanto las nuevas palabras que se incorporan al vocabulario, como aquéllas que caen en desuso, hablan de la historia de las sociedades.

Quizá habría que empezar a formularnos otras preguntas en torno a las pantallas: ¿qué nuevas habilidades se están gestando y transformando ya, para leer narrativas transmediáticas?, ¿qué retos plantea la lectura fragmentada que hacemos en Twitter, Facebook y otras redes, frente a las concepciones tradicionales de lectura y frente a nuestros modos de apropiar la información?, ¿en qué medida estamos siendo partícipes de los cambios que se producen?, ¿qué otras preguntas surgen en torno a estas prácticas vivas? Tal vez cada pregunta no nos conduzca a las certezas, sino a otras preguntas.


[1] Manrique Sabogal, Winston. “Encuentro Umberto Eco – Javier Marías. Diálogo politeísta”. En El País. Consultado el 25 de enero de 2011, en http://www.elpais.com/articulo/portada/Dialogo/politeista/elpepuculbab/20110122elpbabpor_9/Tes

[2] Manrique Sabogal, Winston. Op. cit.

 

Nuevo número de Comunicación y Sociedad

El número 15 de la revista Comunicación y Sociedad (enero-junio 2011), ya está disponible en línea. En él se ha publicado el artículo «El estudio de las prácticas políticas de los jóvenes en Internet», que escribimos Rebeca Padilla de la Torre y yo. El número completo es más que interesante.

ARTÍCULOS

Los límites cambiantes de la vida pública y la privada
John B. Thompson

Comunicación pública, transición política y periodismo en México: el caso de Aguascalientes
Salvador de León

La amplificación social del riesgo: evidencias del accidente en la mina Pasta de Conchos
Nina Yolanda Tejeda García / Lorena Pérez-Florianol

El estudio de las prácticas políticas de los jóvenes en Internet
María Rebeca Padilla de la Torre / Dorismilda Flores Márquez

¿Ni indígena ni comunitaria? La radio indigenista en tiempos neoindigenistas
Antoni Castells i Talens

Agentes del sector cinematográfico y la diversidad cultural en Colombia
Liliana Castañeda López

MATERIALES PARA EL ESTUDIO DE LOS MEDIOS

La telerrealidad en las televisiones españolas (1990-1994)
Javier Mateos-Pérez

RESEÑAS

Identidade, diversidade: práticas culturais em pesquisa
Darwin Franco Migues

La mirada televisiva. Ficción y representación histórica en España
Adrien Charlois Allende

Merchants of culture. The publishing business in the Twenty First Century
Gabriela Gómez Rodríguez

Communication Power
Gabriel Alberto Moreno Esparza

 

Tecnofilias y tecnofobias, a la salud de Naief Yehya

De mi columna Coordenadas Móviles, en Razón y Palabra.

 

Zygmunt Bauman plantea en En busca de la política[1] la metáfora del perchero, a partir del caso del pedófilo británico Sydney Cooke, al que además de sus delitos, se le atribuyó prácticamente la culpa de todos los males. Guardando toda proporción, considero que la tecnología es también un perchero donde se cuelgan todo tipo de percepciones e imaginarios, se le atribuye a veces, como a Cooke, la culpa de todos los males; pero también la posibilidad de transformar el mundo.

En días pasados, Naief Yehya estuvo en Aguascalientes, para impartir una conferencia e impartir un taller. Este último se tituló “Tecnocultura: estímulos, promesas y desilusiones en la era digital”. El autor, que es ingeniero de profesión, pero narrador y crítico cultural por adopción, hablaba de cyborgs, de nuestra relación con lo tecnológico, de Blade Runner y Terminator, de la pornografía y la mediatización de la sexualidad, de la tecnocultura y los nuevos lenguajes, de los usos de la tecnología y más. Pero un taller es construido también por los participantes y éstos, con demasiada frecuencia, se iban —o quizá deba decir “nos íbamos”— a niveles mucho más simples de la discusión, que por momentos se radicalizó entre tecnofóbicos y tecnofílicos.

Entre las ideas que circularon, escuché que todo el conocimiento posible existe ya y está plasmado en los libros antiguos, así que el error de las nuevas generaciones es no leer y quedarse sólo con las computadoras, que robotizan y alienan a las personas; y que los jóvenes no son creativos, porque viven en Internet y ahí todo “se les da digerido”. Lo primero lo señaló una profesora de más de 60 años, pero lo segundo lo planteó un promotor cultural de alrededor de 20. Otros participantes hablaron también con preocupación sobre el impacto de la tecnología en las personas, sobre todo en los jóvenes y los niños. Y hubo quien tomó la contraparte y defendió que el acceso a Internet democratizará diversas dimensiones de la vida social y permitirá a los oprimidos acceder a todo el conocimiento.

Nadie puede ser totalmente objetivo en una discusión y obviar sus posiciones frente a aquello que se discute. En este caso, las posturas acerca de la tecnología eran radicalmente opuestas, a partir de los entornos profesionales y personales de los participantes, así como de sus intereses y experiencias con las TIC, que oscilaban entre el desconocimiento y la fascinación, entre las tecnofobias y las tecnofilias. Es evidente que en ciertos sentidos sigue viva la separación entre apocalípticos e integrados que planteó Umberto Eco[2] hace décadas, para hablar de las posturas de perplejidad y optimismo, frente a las innovaciones de los medios de comunicación; pero que se traslada siempre a cuanto avance tecnológico haya. A las TIC se les atribuye tanto la esperanza del progreso y de la inteligencia colectiva, como la enajenación de los sujetos —lo que Rüdiger[3] señala como visiones prometéicas y fáusticas— y encontrar el equilibrio a veces resulta complicado. He de decir al final sí se logró que todos pusieran en duda las propias percepciones, para abrirse a la discusión.

Entretanto, habrá que regresar a una de las interrogantes que planteó Yehya: ¿cómo explicamos nuestra relación con lo tecnológico? Quizá problematizar esto permita dejar de convertir a la tecnología en el perchero donde se cuelgan las culpas y las maravillas.


[1] Bauman, Zygmunt (2006). En busca de la política. México: Fondo de Cultura Económica.

[2] Eco, U. (1975). Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas. Barcelona: Lumen.

[3] Rüdiger, F. (2004). Introdução às teorias da cibercultura. Porto Alegre: Editora Sulina.