La edad, la red y el teléfono móvil: un desplazamiento no esperado

Publicado originalmente en Coordenadas Móviles, mi columna en Razón y Palabra.

“Las TIC son como un tren, si no te subes en el momento, está cañón que lo alcances”, me dijo alguna vez un amigo que anda por los cuarenta y tantos. Lo recordé fuertemente cuando me hizo clic un dato sobre Internet y telefonía móvil, en el “Estudio 2010 de hábitos y percepciones de los mexicanos sobre Internet y diversas tecnologías asociadas”[1], que fue presentado estos días.

Se trata de un trabajo realizado por el equipo del Proyecto Internet del Tecnológico de Monterrey Campus Estado de México, como parte del World Internet Project, un esfuerzo coordinado por la Universidad del Sur de California, que plantea un comparativo entre más de 32 países, a partir de una metodología común. Los datos que aporta el estudio son interesantes todos y en mucho coincide con otros datos arrojados por los estudios del INEGI y de la AMIPCI, en términos de los usuarios y sus datos socio-demográficos; pero la mayor aportación del informe de este año, desde mi punto de vista, es el dato sobre la conexión a Internet desde los celulares.

Desde qué lugar se conectan los usuarios y por cuánto tiempo, es un dato fundamental. Si bien la mayor parte de ellos acceden a Internet desde su casa o su trabajo, un segmento importante ya lo hace desde el celular. En términos de nivel socioeconómico, es la gente de estratos medios altos y altos la que entra en la red más tiempo desde el teléfono móvil, con un promedio de 7 horas por semana; aunque llama la atención que aun en sectores socioeconómicos bajos, los usuarios se conectan alrededor de 2 horas por semana desde el celular.

Algo más revelador viene cuando se incorpora la variable edad. El grupo que más horas navega desde el celular, no es el más joven, sino el de personas de 40 a 46 años, que registra un promedio de 13 horas por semana, frente a un promedio de 8 horas en el grupo de 19 a 25 años.

Podemos entrar en el terreno de las inferencias y especulaciones, para atribuir este fenómeno al poder adquisitivo de las personas de 40 y más, que les permite acceder a un servicio costoso de telefonía celular; quizá también a las exigencias laborales, que hacen necesario permanecer conectados a la red; y tal vez, incluso, a la búsqueda de experimentar con las múltiples opciones que dan los dispositivos móviles.

El punto es que, si consideramos que en el 80% de los hogares mexicanos hay al menos un celular[2] y que la tendencia de éstos es hacia la incorporación de cada vez más aplicaciones y el acceso a Internet, estamos asistiendo a la apertura de nuevas implicaciones, preguntas y posibilidades, en torno a la inclusión digital. Obviamente, no todo es transparente y hace falta mayor discusión sobre los costos, las habilidades e incluso los intereses; pero las posibilidades son importantes.

Hubo un tiempo en que los celulares eran sólo teléfonos y eran empleados sólo por cierta élite. Con el tiempo los equipos fueron más accesibles, tanto en términos de tamaño como de costos. Desde hace algún tiempo incorporamos los smartphones en la vida cotidiana y estamos transitando de la sorpresa inicial a la naturalización. Este último párrafo dice obviedades, pero no está escrito para el presente, sino para regresar, en el futuro, a las notas de cuando resultaba llamativo el crecimiento en el uso de Internet en el celular en México y el desplazamiento en los grupos de edad.


[1] World Internet Project, Tecnológico de Monterrey (2010). Estudio 2010 de hábitos y percepciones de los mexicanos sobre Internet y diversas tecnologías asociadas. Recuperado el 29 de julio de 2010 de http://octavioislas.wordpress.com/2010/07/29/5227-proyecto-internet-catedra-de-comunicaciones-digitales-estrategicas-tecnologico-de-monterrey-estudio-world-internet-project-2010/

[2] AMIPCI (2010). Estudio AMIPCI 2009 sobre hábitos de los usuarios de Internet en México. Recuperado el 2 de junio de 2010 de http://amipci.org.mx/estudios/temp/Estudiofinalversion1110-0198933001274287495OB.pdf

Mediaciones Sociales, de la UCM

Ya está disponible el número 6 de la revista Mediaciones Sociales, de la Universidad Complutense de Madrid. En ella está publicado un artículo mío.

Presentación
Vicente Baca Lagos [i-iv]

I. Estudios teóricos y metodológicos

Mediación y Construcción de Sentidos: notas en torno a su articulación teórico-metodológica en el estudio de la apropiación de Internet.
Alonso Alonso, María Margarita [3-37]

En busca de una orientación disciplinar para el Cloud Computing.
Marulanda Bohórquez, Jorge Alonso [39-61]

II. Instituciones mediadoras

La comunicación como mediación entre la tecnificación y la virtualización de las instituciones educativas.
Chan Núñez, María Elena [65-89]

III. La mediación de las representaciones y de las identidades sociales

Inmigración e imágenes mediáticas: análisis cualitativo de la autopercepción de los inmigrantes.
Álvarez Gálvez, Javier [93-119]

Aplicación y viabilidad de uso del software de Análisis Cuantitativo de Textos TLAB 7.1 en el análisis de las representaciones sociales presentes en la web soyborderline.com.
Stefanello, Grace; De Francisco, Alberto y Carrazana, Cinthia [121-142]

IV. Mediación, producción y reproducción social

Estar con los otros: presencias, proximidades y sentidos de vínculo en las redes de bloggers.
Flores Márquez, Dorismilda [145-161]

Biblioteca – Reseñas

Almeida, Helena Neves: Conceptions et pratiques de la médiation sociale. Les modèles de médiation dans le quotidien professionnel des assistants sociaux.
Munuera Gómez, Pilar [163-166]

VV.AA.: Jesús Martín Barbero. Comunicación y culturas en América Latina.
Anthropos [167-189]

Serrano Caldera, Alejandro: Obras, Volumen I. Escritos filosóficos y políticos I.
Kraudy, Pablo [191-213]

Serrano Caldera, Alejandro: Obras, Volumen II. Escritos filosóficos y políticos II. Escritos sobre la universidad.
Kraudy, Pablo [215-220]

Las benditas políticas de uso de Internet

Tarde, como siempre, escribo este post, como se lo prometí a Mauricio. Sucede que hace tiempo somos compañeros del mismo dolor, gracias a las brillantes políticas de uso de Internet de las universidades donde trabajamos —y gracias a más cosas que no son asunto de este post—. Él se ha topado con las Políticas y lineamientos para el uso de la tecnología de información y comunicación en la UASLP; yo, en la UAA, he sido también víctima de las Políticas para el uso del servicio de Internet. Las primeras fueron autorizadas el 31 de octubre de 2003, las segundas el 4 de enero de 2010, las dos son igualmente reduccionistas, puesto que restringen el acceso bajo argumentos de calidad.

Se asume que estar en Facebook o Twitter no es una actividad académica o institucional, porque cabe en la categoría de social networking; que revisar los sitios web de televisoras y grandes conglomerados de medios, o accesar a blogs es entretenimiento; se asume, sobre todo, que no se trata de prácticas productivas… ¿cómo investigar Internet con acceso restringido?, ¿cómo hablar de habilidades digitales si cada vez que uno osa intentar ir a una de las direcciones consideradas no productivas aparece la pantallita de Open DNS para informar que uno intenta visitar un sitio de entretenimiento o social networking?, ¿cómo pensar en producir y hacer circular contenidos en estas plataformas, sobre todo hablando de alumnos de Comunicación, si la institución las considera como mero entretenimiento?, ¿cómo entablar un diálogo con los alumnos de nuevo ingreso, que nacieron en el 92 —prácticamente nacieron con Internet— si de inicio se les dice entre líneas que eso que intentan hacer no es bueno?, ¿cómo entablar un diálogo con la ONU si se atenta, en aras del progreso y la productividad, contra el derecho a la comunicación y contra la búsqueda de inclusión digital?

En su post, Mauricio es enfático: “en China se llama dictadura del proletariado, en Irán República Islámica, aquí… los censores ahora llevan el prefijo Universidad”. Quizá es tantito radical al equiparar unas cosas con otras, pero las restricciones ciertamente son graves allá y aquí, sobre todo si pensamos que las universidades deberían ser espacios de libertad y de creación.

Hace tiempo, en el encuentro de AMIC, Carlos Scolari se maravillaba de que en la Ibero teníamos acceso libre a Internet, sin contraseñas ni restricciones; lo mismo ocurre en el ITESO y seguramente en otras universidades. En México y en el extranjero, diversas universidades ejercen presencia e interactúan constantemente a través de Facebook, LinkedIn, Twitter, blogs, Flickr, YouTube y lo que se acumule; aprovechan recursos como SlideShare, Scribd, Prezi, LiveStream, UStream y más; algunas hasta tienen cursos en Second Life. Es una pena que en todas haya una comprensión amplia de las TIC y de las prácticas de comunicación digital.

Días de congresitis…

Si esto fuera un periódico, ya habría sido despedida, tras los prolongados abandonos y las notas tardías. En mi defensa diré que cometí la locura de ir a tres congresos, una charla y una sesión de un seminario permanente en tres semanas. Obvio, los pendientes se han multiplicado cual mancha voraz y, por ello, escribo ahora el corte informativo de hace un mes.

Todo comenzó en el 11o. Seminario de Investigación de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, que fue del 18 al 21 de mayo. En él todos los investigadores de la universidad y dos que tres extremos presentamos nuestros avances y resultados de investigaciones, en siete mesas: ciencias naturales y exactas, ingenierías y tecnologías, ciencias agropecuarias, ciencias biomédicas, ciencias económicas, ciencias del diseño y de la construcción, ciencias sociales y humanidades.

Algo curioso es que las mesas siguen la estructura institucional departamental de la universidad, así que, por ejemplo, en la mesa de ciencias sociales, un día participaron los historiadores, otro los sociólogos, otro los especialistas en educación y al final los psicólogos, una politóloga y dos filósofos. Esto en términos de organización facilita mucho las cosas, pero quizá también produce una dinámica medio endogámica, que no promueve el diálogo entre investigadores de más áreas.

En fin, el día de los sociólogos —en ese bloque, por cierto, incluyeron a los comunicadores—  fue muy prolífico en exposiciones. Octavio Maza, Olivia Sánchez, Salvador de León, Rebeca Padilla, Maru Patiño, Fernando Padilla, Evangelina Tapia, Silvia Bénard, Esthelita Esquivel, Consuelo Meza, Salvador Camacho, Genaro Zalpa y yo, nos aventamos un maratón de 14 ponencias en cinco horas. Con una agenda tan apretada, no hubo mucho tiempo para discutir, pero eso no impidió que se tratara de una sesión muy enriquecedora, por la diversidad de objetos de estudio, de perspectivas e intereses; eso fue genial.

La siguiente escala fue en FLACSO México, en el II Congreso Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales, que se realizó del 26 al 28 de mayo. He de confesar que nunca había estado en FLACSO —aunque sí, enemil veces, en frente, en Six Flags— y me hizo feliz, el lugar es hermoso, pero además, la calidez humana invita a volver. Quizá lo que más me gustó fue la organización de las mesas por objetos, más que por disciplinas.

Concretamente, yo participé en un eje temático dedicado a procesos culturales, identidades y ciudadanía, en la mesa que se tituló Comunicación, identidad y política. Compartí mesa con Juan Camilo Molina, de FLACSO Ecuador y con Mauricio Álvarez, de la UACM, quien fue un moderador genial, hizo una presentación en la que conectó las biografías y los trabajos que íbamos a presentar. Más tarde, con la moderación de Ligia Tavera, de FLACSO México, participaron Enedina Ortega, del Tec de Monterrey, Rocío Verónica Orlando Zamora, de FLACSO Ecuador y Hugo Luna, de FLACSO México. Desgraciadamente, fue poco el tiempo que pude estar allí. Regresé a casa a resolver uno que otro asunto, antes de emprender un viaje más.

Guadalajara fue el siguiente punto en el mapa, esa vez para asistir a la charla que dio Carlos Scolari, la tarde del 31 de mayo en el ITESO. Algo muy rico es que este investigador argentino de nacimiento, formado en Italia y radicado en España, partió de su trayectoria biográfica para contar cómo fue que entró en el mundo de la comunicación digital, primero por el lado profesional, después a través de la investigación. Así transitó del panorama general de teorías de comunicación a las particularidades de la comunicación digital, para aterrizar en la metáfora ecológica y las narrativas transmediáticas. Al terminar la charla —y luego de la necesaria, aunque brevísima, sesión de chisme con Karina y Alfredo— regresé a Aguascalientes, sólo para hacer la maleta y viajar nuevamente al DF.

El XXII Encuentro Nacional AMIC (Asociación Mexicana de Investigadores de Comunicación), fue del 2 al 4 de junio, en la Universidad Iberoamericana. Todo empezó con la conferencia de Guillermo Orozco Gómez, titulada “Audiencias, ¿siempre audiencias?”, en la que discutió las transformaciones sociales que vivimos, en relación con la comunicación como epicentro de otros cambios. Presentó diez maneras de hacer sentido conceptual de nuestra interacción con las pantallas, en calidad de audiencias, desde el modelo de los efectos hasta aproximaciones más recientes y complejas sobre mediaciones e hipermediaciones, torrente mediático, producción de presencia y convergencias y ecología de los medios.

En esa misma sintonía, Carlos Scolari dictó su conferencia “Narrativas transmediáticas. Mundos de ficción, branding y prosumidores en la nueva ecología de los medios”. Habló del mundo de los medios, caracterizado por la explosión y por las nuevas prácticas de producción y consumo; también de la convergencia narrativa y las narrativas transmediáticas, con cortes de Lost, Pardillos y La Isla Presidencial. Cerró con una serie de cuestionamientos: ¿Podemos seguir investigando los medios o los géneros/discursos de manera aislada? ¿Asistimos a una extinción de los medios masivos? ¿Asistimos a una evolución de nuevas especies mediáticas? Ante todo, siguiendo a Jesús Martín Barbero, habrá que superar la razón dualista que separa viejos y nuevos medios y habrá  que echar un ojo a las interfaces.

De los paneles, sólo vi dos. En el primero, moderado por Delia Crovi, acerca de la apropiación digital y las transformaciones culturales, me sorprendió gratamente el trabajo de María Elena Meneses, sobre la convergencia digital y el trabajo periodístico.

El segundo, sobre metodologías de medición de nuevos medios —lo que sea que nuevos signifique—, fue moderado por Manuel Guerrero y contó con la participación de Rubén Jara, de IBOPE, que habló de las formas de medición empleadas en la investigación comercial. Continuó Raúl Trejo Delarbre, que además de ser muy crítico y profundo en su participación, se dio el lujo de hacer un corte informativo: México 1, Italia 0 —he aquí otro corte informativo, el panel fue al mismo tiempo que el partido amistoso—. El cierre fue contundente: “Hay que ir más allá del dato duro, pero para eso hay que tener datos”. La última participante de esta mesa fue Cosette Castro, quien nos sorprendió a todos con sus primeras afirmaciones: dijo que habla desde una perspectiva latinoamericana de los estudios de comunicación, desde la búsqueda de la inclusión social y digital, desde la comprensión de la información y comunicación como derecho humano, desde el pensamiento complejo y la transdisciplinariedad… lo que estudiamos, señaló, no dice exactamente quiénes somos. Después habló de los puentes, de la comunicación lineal a la no lineal, del mundo analógico al digital, de la condición de audiencias en relación con las industrias de contenidos en Latinoamérica.

Grupos de investigación hay muchísimos, pero yo estuve siempre en el de nuevas tecnologías, Internet y Sociedad de la Información; ahí la discusión osciló entre la brecha digital, el e-goverment, los usos políticos de Internet, los mundos virtuales, la fotografía digital, el blogging autobiográfico, las narrativas, los usuarios, las relaciones de pareja a través de Internet, el software libre y mucho más… hasta fantasías futuristas ligeramente incomprensibles.

Algo genial en este encuentro fue el reencuentro de los itesianos, Raúl Acosta y Magdalena López de Anda, profesores del ITESO, así como Rebeca Padilla, Salvador de León y yo, que nos formamos en tierras tapatías, pero vivimos en Aguascalientes. A eso hay que sumar el post-brindis —campo fértil de las prefiguraciones—, la extraña reclusión en Santa Fe y el descubrimiento del secreto mejor guardado de la Ibero. Con todo, llegó el momento de emprender la graciosa huída.

Finalmente, ya en mi ciudad, estuve en la cuarta sesión del Seminario Permanente de Estudios Socioculturales, que coordino en el Colegio de Estudios Sociales de Aguascalientes; en ella se presentaron dos trabajos, el de Edgar Zavala Pelayo, sobre catolicismo y dominación epistemológica en la sociología y el de Vicente Esparza Jiménez, acerca de la conmemoración de la Expropiación Petrolera en Aguascalientes. La asistencia fue muy pobre, pero la discusión fue muy enriquecedora.

Miles de kilómetros y horas de viaje después, los días de congresitis terminaron, con una serie de ideas revoloteando en mi cabeza. Sobra decir que es una locura de la que no me arrepiento.

Entre el equipamiento y la apropiación tecnológica

De mi columna, que se llama igual que este blog, en Razón y Palabra.

 

La primera vez que usé una computadora, fue en 1993, cuando era yo una estudiante de secundaria. Antes ya las había visto en algunas oficinas, pero nunca había estado yo sola frente a una, moviendo la tortuguita de Micromundos, a partir de una serie de comandos que pronto me parecieron limitados; había visto mayor interacción algunos años antes en Atari y Nintendo. Si no mal recuerdo, el siguiente paso fue la utilización de Works. La gran decepción vino al llegar al bachillerato, porque no había Micromundos ni Works, sino MS-DOS, cosa que nos parecía francamente arcaica para estar en 1996. El manual que utilizábamos para la clase, había sido escrito por nuestro profesor y era fotocopiado de generación en generación, hasta que algunas partes del texto prácticamente no se veían. Como resultado, mis compañeros y yo aprendimos mucho más en casa, con nuestras primeras PC, experimentando y equivocándonos, descubriendo el arte del ensayo y error.

Las cosas parecen no haber cambiado mucho en estas casi dos décadas. Mucho se habla ahora de que los niños y adolescentes desarrollan habilidades para el uso de la tecnología, fuera de la escuela y que aventajan, en este sentido, a sus profesores.

Una evaluación, comandada por Cristóbal Cobo Romaní en 2008, sobre el programa Enciclomedia[1], reconoce la importancia de incorporar herramientas y estimular el desarrollo de habilidades en profesores y estudiantes, así como llevar las TIC a comunidades tradicionalmente marginadas; pero también señala que el programa ha priorizado el equipamiento tecnológico y no se ha trabajado en estrategias de seguimiento a la mejora educativa.

Con esto coincide un estudio hecho por Diana Sagástegui[2], acerca de las implicaciones culturales de la introducción del programa Enciclomedia, en las escuelas primarias públicas del estado de Jalisco. La investigadora concluye que la implementación de éste, hizo evidente que el esfuerzo se concentra en los aspectos técnicos y se carece de una visión integral de su utilización en situaciones educativas.

De igual modo, el Informe Final de la Evaluación Externa 2010 en materia de diseño, del Programa de Habilidades Digitales para Todos[3], ha señalado que, si bien el programa está claramente definido y es coherente con los objetivos planteados en el Plan Nacional de Desarrollo, hay deficiencias, ya que el equipamiento y el diseño del material no basta para la apropiación real de las herramientas tecnológicas en la enseñanza. En muchos casos, los perfiles de los docentes no han desarrollado habilidades digitales, lo que dificulta su trabajo y crea un rechazo a las tecnologías de información y comunicación.

No se trata de condenar a los profesores ni de calificarlos de pre-cibernéticos. La apropiación de la tecnología, según han señalado diversos estudios, tiene que ver con la edad, el nivel socioeconómico, el género, los entornos y otros factores. Pensar que muchos docentes que no nacieron —y quizá tampoco crecieron— con las computadoras, pueden adquirir competencias digitales mágicamente, con el simple hecho de que la pantalla de Enciclomedia llegue a sus aulas, es francamente ingenuo y poco estrátegico.

No es un secreto que ocurre con demasiada frecuencia que los funcionarios hablan de mejoras educativas a partir de la adquisición de computadoras nuevas para las escuelas. Ocurre también que se habla de resolver los problemas de la brecha digital con inversión en equipamiento tecnológico. Ocurre, sobre todo, que mientras el optimismo se centra en las TIC en sí mismas, se deja fuera de la discusión a las competencias digitales y al conocimiento.

Justamente, Cristóbal Cobo Romaní, plantea que es fundamental “avanzar hacia un proyecto de sociedad basada en el uso intensivo del conocimiento cuyo principal valor agregado no esté en la calidad de los equipos tecnológicos que se utilicen ni en los índices de ancho de banda per capita, sino que en los planes estratégicos de educación, innovación y renovación del conocimiento”[4].

Al mismo tiempo que Cobo señalaba lo anterior en su blog, Carlos Scolari planteaba, en una charla en el ITESO, que “la escuela debería mejorar la interfaz con los alumnos”. Quizá podríamos pensar en otras interfaces susceptibles de mejora: entre las autoridades educativas y los partícipes de la escuela, entre la academia y los funcionarios, entre todos los anteriores.


[1] Cobo Romaní, Cristóbal y Lucía Fernanda Tello de Meneses (2008). Informe Programa Enciclomedia. México: FLACSO México.

 

[2] Sagástegui Rodríguez, Diana (2007). Culturas digitales: una aproximación al uso de tecnología hipermedia en las escuelas. En Robinson Studebaker, Scott, Héctor Tejera Gaona y Laura Valladares de la Cruz (coordinadores). Política, etnicidad e inclusión digital en los albores del milenio (pp. 409-429). México: UAM Iztapalapa.

[3] Zorrilla Alcalá, Juan Fidel et al (2010). Informe Final de la Evaluación Externa 2010 en materia de diseño. Programa de Habilidades Digitales para Todos. México: Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación.

[4] Cobo Romaní, Cristóbal (2010, mayo 31). ¿Y la madurez tecnológica cuándo? E-rgonomic. Apuntes digitales. Disponible en: http://ergonomic.wordpress.com/2010/05/31/2872/

¿La generación del disquete?

He de confesar que no sé cuándo fue la última vez que usé un disquete y que tampoco logro recordar la primera, pero más de 50 de estos dispositivos reposan en un cajón de mi escritorio. Los usé durante años y en algunos momentos pensé que eran muy prácticos, en otros me resultó terrible descubrir que los archivos muy grandes no cabían, que habían sido víctima de virus o que, incluso, se negaban a abrir. Cuando aún no tenía Internet en casa, pero sí computadora, escribía mensajes largos largos largos para mis amigos, los guardaba en disquete y, tan pronto llegaba a algún lugar con conexión, los enviaba por correo electrónico. Era la edad de oro del floppy disk y también parte de los primeros acercamientos al equipo de cómputo que tuvo mi generación. En aquel tiempo existían también los discos de 5¼”, pero iban de salida y los de 3½” resultaban más chiquitos, más bonitos y quizá también con mayor capacidad.

Los años pasaron y se popularizaron otras opciones, más prácticas y de mayor calidad, para almacenar y trasladar contenidos. Entre los CD, DVD y las memorias USB, los usos de los disquetes disminuyeron considerablemente y, con ellos, decrecieron también las ventas. En mi caso, los fui abandonando gradualmente, pero el golpe definitivo vino cuando compré una laptop que no tenía lector de disquetes. Desde entonces, varias cajitas con discos de 3½”, perfectamente etiquetadas, permanecen prácticamente en el olvido.

Justo ahora, en pleno 2010, medio mundo está hablando de la muerte del disquete o floppy disk, luego de que Sony decidió dejar de producir y distribuir estos dispositivos de almacenamiento, frente a la disminución de la demanda. Mucho se puede decir sobre las transiciones tecnológicas y la obsolescencia de ciertos objetos; sobre los intereses de mercado que, de alguna manera, transforman nuestros usos y costumbres; sobre las maravillas de los nuevos dispositivos que, en poco tiempo, coexistirán y/o serán desplazados por otros más sofisticados; incluso, acerca del caos que implica recuperar archivos de discos descontinuados; pero me parece que un elemento clave de esto es la generación… los mayores conocieron hasta las tarjetas perforadas, los menores no han tenido el gusto de vivir con disquetes, mi generación sí.

El fin del disquete, como el fin de las camaritas Kodak y del ilustrísimo Betamax, es quizá algo que une a ciertas generaciones. La mía —la de los que tenemos de veintimuchos a treinta y poquitos— creció con los disquetes —y también con camaritas Kodak y con algunas películas ochenteras en Beta—  y aunque ahora que se va, no lo vamos a extrañar, es evidente que muchas memorias están en ellos… simbólica y literalmente. Un minuto de silencio por el disquete que ha muerto. Larga vida a la comunicación digital, independientemente de sus soportes.

Publicado originalmente en El Cafecito, número 57.

El registro del instante… al instante

De mi columna, Coordenadas Móviles, en Razón y Palabra.

Esa noche Joaquín Sabina dio un concierto en mi ciudad; no fui, pero en mi muro de Facebook aparecieron fotos y comentarios sobre su concierto mientras éste transcurría; después vinieron los videos y los comentarios de quién se encontró con quién, dónde estaban y hasta de qué platicaron cuando se encontraron. Hace años, había que esperar al día siguiente para ver las notas en medios o esperar a que los amigos y conocidos contaran cómo le fue, si uno no había estado ahí; sobra decir que ahora, en el tiempo de los teléfonos inteligentes, todo está al alcance de un clic, los conciertos, las conferencias, las marchas y manifestaciones, los acontecimientos violentos, los desastres naturales y más. La magia de la imagen y la palabra permite registrar el instante… al instante.

Lo que estas acciones dejan ver es, de entrada, que la calidad técnica de la foto o el video, no necesariamente es lo más importante; si bien cada vez hay cámaras con mejor definición e, incluso, las que están incluidas en los celulares son cada vez mejores, la finalidad de apropiarse la tecnología para captar los instantes y actualizar velozmente se centra en compartir la experiencia a los otros que no están, pero también en comunicar que estoy aquí, no que estuve ahí como antaño, sino que estoy aquí, ahora, en el presente y que es algo que se puede demostrar. José van Dijck y otros autores han señalado que los usos de la fotografía y el video en el siglo XX, han sido muy importantes personal, familiar y culturalmente, puesto que estos materiales se constituyen como la memoria de lo acontecido. El desplazamiento que se produce con las vías de comunicación digital radica, entre otras cosas, en la velocidad con que los contenidos son producidos y fluyen.

Los comentarios, las fotos y videos en tiempo real, se constituyen como una ventana que permite asomarse a un fragmento de los sucesos en el momento que ocurren e interactuar a partir de ello. Podemos pensar que es una manera de explotar el presente. Varios autores, como Bauman, Beck, Lechner, Martín-Barbero y otros, ya han hablado del presente perpetuo como característica de nuestros tiempos. La vida cotidiana se documenta “en el momento” y la memoria construida parece, en ocasiones, un torrente… y a veces es imposible seguir y capturar tal torrente, pero ésa, como diría la nana Goya, “es otra historia”.

El instante adquiere relevancia y se configura como un valor fundamental en la comunicación digital, pero hay otro elemento clave: la experiencia vivida. Subir a Facebook la foto de la manifestación en que estoy es, como había señalado líneas arriba, comunicar que estoy presente y participo en ella, es decir, que no es algo que me contaron, sino que lo vivo. Esto se ha evidenciado, sobre todo, en los casos de desastres naturales; donde una foto, un video o la ubicación de un twitt en el mapa, da legitimidad para hablar de los sucesos, porque se tiene información de primera mano.

¿Quién iba a pensar, en los primeros años de Internet, que esto sería posible? En aquel tiempo se pensaba en los usuarios de la red, como adolescentes sin vida social, gordos por comer comida chatarra para no despegarse de la máquina, pálidos por la ausencia de sol. Lo de hoy, sin embargo, es la movilidad… y el instante.