A etiquetó a B en una de tus fotos: Sentido de comunidad del Festival de Música de Cámara

Dicen que cada uno ve lo que quiere ver, que dependiendo de sus experiencias e intereses ve con cierta nitidez algunos aspectos de la realidad. En mi caso, no pensaba escribir sobre el Festival de Música de Cámara Aguascalientes 2010, porque mi falta de formación musical es evidente y a lo máximo que puedo aspirar es a escribir desde la condición de fan (aunque, ya que lo pienso, ser fan permite ver otras cosas); pero en estos días posteriores he visto (lo que quiero ver) la extensión de las redes por vías no presenciales y eso me ha hecho clic de inmediato.

Luego de la semana de magníficos conciertos, subí algunas fotos a Facebook y etiqueté a quienes ya estaban entre mis contactos; luego mi sobrino Charbel etiquetó a algunos de sus compañeros y ellos, a su vez, a otros y otros y otros y en pocas horas, las notificaciones de Facebook crecieron cual mancha voraz: A etiquetó a B, C ha comentado tu foto, D ha solicitado etiquetar tu foto, A quiere ser tu amigo, B ha sugerido que conoces a C, D ha escrito en tu muro. Seguramente otros muros vivieron esto mismo. Las frías notificaciones dejaron ver un sentido de comunidad que se extendía de los espacios presenciales a los virtuales. Lo más divertido vino el fin de semana pasado, cuando me encontré en un bar a una violinista que participó en el Festival: “tú eres la que subió unas fotos, gracias”, me dijo.

Ya he discutido antes en este blog sobre la formación de redes de comunicación digital, a partir de las afinidades y los intereses compartidos, sea entre conocidos de contextos presenciales o entre desconocidos que se cruzan en el ciberespacio; pero fue genial visualizar, casi en tiempo real, el tejido de la versión virtual de las redes del Festival de Música de Cámara, luego de una semana de interacción presencial. No sé si sea mi imaginación, pero desde las sillas (iba a escribir «desde las butacas», pero este año no hubo, gulp) se percibía un ambiente más relajado y de mayor compañerismo. Alexander Freund, incluso, hablaba de una gran frescura y cierta atmósfera especial que envuelve el festival. Tal vez esa atmósfera se conserva en las redes, entre los que no se ven todos los días. De algún modo, la vida está hecha de encuentros; cuando se puede, éstos son cara a cara; cuando no, las tecnologías de información y comunicación permiten crear la sensación de que se está cerca.

Toy Story 3 y los niños que fuimos

Uno de los enemil pensamientos que cruzaron por mi mentecilla cuando vi Toy Story 3 es que no es precisamente para niños. Los planteamientos que en medio de los juguetes se hacen sobre el poder son fuertes y tal vez ya estoy muy dañada, pero la tiranía del oso perverso y algunas actitudes de los personajes, me recordaron demasiado a la Rebelión en la granja de George Orwell, e incluso a los Pollitos en fuga y sus implicaciones «holocáusticas». En fin, reflexionar sobre el poder, a partir de Toy Story, creo que lo dejaré para otro post.

El punto es que al salir del cine empecé a hacer cuentas y recordé que vi Toy Story, la primera, cuando tenía 13 años (oh, sí, ahora lo recuerdo, corría el año de 1995), la segunda no me acuerdo cuándo y la tercera a los 28 (golpe de vejez, ya dupliqué la edad). Quienes vimos la primera, oscilamos tal vez entre los veintitantos y los treintaypoquitos. Así que la magia de Toy Story 3 quizá radica en que está escrita para los niños que fuimos. Desde lo que somos ahora resulta maravilloso (o, por lo menos, interesante) voltear a ver de dónde venimos y qué dejamos en el camino.

Y he de confesar que la que soy ahora es alguien que se está insertando en la categoría de adulto contemporáneo y que lloró como Magdalena con el drama de Andy, tal vez más que con el de los juguetes.

Nota suelta sobre la naturalización de la violencia

El martes 22, a las 5, llegué a la biblioteca, abrí mi laptop y de inmediato fui bombardeada vía Twitter con la noticia: habían lanzado una granada en la bodega del Instituto Estatal Electoral de Aguascalientes, donde se guardaban las boletas electorales para el próximo 4 de julio —a eso hay que sumar que menos de 24 horas antes, habían asesinado a un abogado y habían baleado un policía—. No hubo muertos y las boletas también sobrevivieron, pero el hecho de un ataque justo ahí, justo ahora, es por sí mismo un hecho grave y dispara muchas preguntas. Una hora después de la noticia, recibí un correo electrónico, con una imagen en jpg, donde aparecía una fotografía del atentado de Atocha y se incriminaba a cierto partido político en el granadazo al IEE, pero además se equiparaba al ataque terrorista de lo que llamaban “el metro de Madrid”. Mucha velocidad, ¿no? Es como si ya lo hubieran sabido, qué asco. Los días subsecuentes, los dos partidos grandes se dedicaron a culparse unos a otros, más asco. El IEE ha pedido que vayamos jubilosos a votar. Seguramente iremos, aunque no todos y probablemente no con tanto gusto, ante el agotamiento de los discursos y la ausencia de propuestas concretas y viables.

En estos días, las noticias sobre balaceras y asesinatos—a veces múltiples—ya son cotidianas. Aun así, no es dato menor que el lunes fuera asesinado el candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas. Y, además, fue terrible para mí enterarme ayer —vía Twitter, sobra decirlo— de la balacera en Guadalajara, donde murió un policía baleado y además, como “daño colateral”, murieron dos mujeres que iban en un coche contra el que se impactó una patrulla.

Si la “naturalización” de la violencia ocurre cuando “vamos ganando” la guerra contra el crimen organizado —¿o debo decir “la lucha contra la inseguridad”?— no quiero imaginar cómo sería si estuviéramos perdiendo.

¿Dónde está Mexicali?

Estos días no he encontrado a Mexicali en los titulares de los principales periódicos mexicanos, no he visto un gran despliegue informativo en torno del sismo de 7.2 grados que vivieron por aquellos rumbos y tampoco se ha dicho mucho de las réplicas que, si acaso, aparecen como notas secundarias. No se sabe por dónde se puede canalizar ayuda. ¿Dónde está Mexicali? ¿No fueron Puerto Príncipe, Haití y el sur de Chile la nota de ocho por días y días? ¿Acaso el dolor propio duele menos que el ajeno? ¿Fue que estábamos muy ocupados descubriendo quién mató a Paulette o discutiendo si Julio Scherer hizo bien o mal de entrevistarse y fotografiarse con el Mayo Zambada?

Democracia/incertidumbre

He de confesar que los juegos de palabras empleados por Joaquín Villalobos en «México mirándose el ombligo» (publicado en la Nexos más reciente) no me terminan de encantar. Me recuerdan a cierto compañero mío de la maestría que intentaba marearnos planteando que «debemos tener una visión poliédrica de la realidad y pensar qué de cultura/política/economía/violencia tiene la ciencia/interdisciplina/sociedad/cultura» (sí, sí, los términos eran intercambiables, pero todo encajaba en los poliedros). Sin embargo (y con esto regreso a Villalobos), me parece que puntualiza algunos asuntos clave sobre la situación de desesperanza frente a la anhelada democracia en México (y quizá en otros lugares):

«Cuando se descubre que la democracia es incertidumbre, diferencias, debate y mecanismos complejos para tomar decisiones, se produce una nostalgia inconsciente por los mecanismos autoritarios del pasado».

«En las teorías sobre la democratización, se dice que el autoritarismo está hecho de procesos inciertos con resultados ciertos, y la democracia de procesos ciertos con resultados inciertos».

«Hay nostalgia por el México que se perdió y que supuestamente ya no se quería y decepción por el México democrático que se ganó y que supuestamente se anhelaba».

Y así continúa.