Boaventura de Sousa y los wixáricas

A un autor, se le conoce tanto por lo que escribe como por la manera en que actúa. A finales de septiembre y principios de octubre de 2013, la Cátedra Jorge Alonso, en el CIESAS Occidente, organizó un seminario sobre y con Boaventura de Sousa Santos, las primeras dos sesiones fueron sobre la obra de este sociólogo portugués y la tercera y última fue con él. Para mí, estas sesiones significaron un acercamiento intensivo a las epistemologías del sur, el buen vivir, la sociología de las ausencias, la sociología de las emergencias y más. Sobre todo, la última sesión fue una gran oportunidad para escuchar en vivo a la bibliografía y vivir una experiencia muy interesante: Sucede que la sesión comenzó tarde, porque Boaventura se encontraba en otra sala dialogando con un pequeño grupo de wixáricas. Cuando por fin entró en la sala donde lo esperábamos estudiantes y profesores del CIESAS, la UdeG y el ITESO, ofreció una disculpa por la tardanza, pero también dijo que no tendría que disculparse, porque dialogar con ellos y con toda la riqueza de su su cosmovisión fue un asunto de congruencia. Explicó que no conocía la lucha de los wixáricas, pero que fue una gran oportunidad. Expresó que los pueblos indígenas están al frente de la lucha contra esta fase nueva de saqueo de los recursos naturales: «Pensamos que es una lucha de indígenas, pero es una lucha de todos nosotros. Es una lucha por la naturaleza», dijo y enfatizó que estamos en un proceso de destrucción planetaria y de grandes desigualdades sociales. Los wixáricas lo escucharon con gratitud. Al día siguiente, Boaventura dedicó a la comunidad wixárica la conferencia que impartió en la Cátedra Alain Touraine, en la Universidad Iberoamericana Puebla.

Esperanza en los tiempos difíciles: Solalinde en la UAA

Para los demás Solalindes, que tienen otros nombres y apellidos.

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No recuerdo cuándo fue la primera vez que conocí algunas historias terribles de migrantes centroamericanos, cuyo paso por México hacia Estados Unidos, se convirtió en un infierno. Quizá fue con De nadie, el documental de Tin Dirdamal y, después, con los trabajos del periodista salvadoreño Oscar Martínez. Tampoco recuerdo cuándo supe de la existencia de Alejandro Solalinde y su labor de defensa de migrantes, desde su albergue en Ixtepec, aun cuando hay amenazas sobre él. Este reportaje de Emiliano Ruiz Parra, en Gatopardo, es particularmente revelador.

El punto es que la discusión sobre derechos humanos se sitúa casi siempre en los terrenos jurídicos. Por eso me sorprendió tanto que la Defensoría de los Derechos Universitarios en la UAA invitara al padre Alejandro Solalinde, para tener una serie de actividades en las Jornadas de los Derechos Universitarios, en septiembre pasado: una conferencia abierta al público, una rueda de prensa, una charla con profesores, otra con alumnos, una visita a la Casa del Migrante. Ese día en la universidad, Solalinde —que viste sencillo y carga sus cosas en un morralito de Amnistía Internacional— fue capaz de colocar la discusión sobre derechos humanos en otro eje. Pensar en los derechos humanos, dice Solalinde, es reconocer la centralidad de la vida humana, reconocer que la persona tiene dignidad y derechos. Para él, ayudar al migrante no se reduce a asistencia social, se trata de regresarle el valor a esa vida humana que para otros es mercancía.

El gran reto de Solalinde a los universitarios fue recordar nuestra condición humanista. Los universitarios no deberían ir tras el dinero, dijo, sino ser subversivos, en el sentido de rebelarnos contra el orden hegemónico que deja abajo al ser humano y más abajo a las mujeres. Cuando alguien exclamó gustosa que lo admira, respondió que “con admiración no van a cambiar México”. Eso, que le dijo a una persona, nos dejó mudos a todos y, muy probablemente, con la pregunta de cómo podemos ir más allá de la admiración hacia quienes transforman nuestra realidad social y ser agentes de transformación también. Las respuestas simples pueden ir desde la ambición de hacer un cambio profundo, hasta la ingenuidad de pensar que basta con los cambios pequeños en la vida cotidiana. Pero tengo la impresión de que esas respuestas no contestan la pregunta realmente.

Ahora mismo, hacen falta muchos Solalindes que cuestionen el orden social dominante y contribuyan a su transformación. Ahora mismo, hay también otros muchos Solalindes, con otros nombres y apellidos, que trabajan en la defensa de los migrantes, pero también de las mujeres, la diversidad sexual, la cultura, o el medio ambiente; que evidencian las grandes inequidades y proponen proyectos diversos para un mundo mejor. La gran contradicción de los tiempos difíciles es que, en medio de lo terrible, persiste la esperanza.

Maratón académico

Este semestre tuve la fortuna de vivir un maratón académico increíble, que me ha dejado grandes experiencias en muchos sentidos. Todo fue tan rápido, que apenas comienzo a poner en orden mis ideas para contarlo. El maratón comenzó el 30 de septiembre, con la visita del padre Alejandro Solalinde a las Jornadas de los Derechos Universitarios en la UAA. Por las mismas fechas, participé en la Cátedra Jorge Alonso, en el CIESAS Occidente, que tuvo como invitado a Boaventura de Sousa. En octubre fui con una amiga a la Cátedra Alain Touraine, en la Universidad Iberoamericana Puebla; ahí ambas nos sorprendimos con la presencia de académicos y activistas y con Alain Touraine himself. También en octubre, me colé a un encuentro académico que marcó la constitución de la Red Latinoamericana de Posgrados en Estudios Culturales, en la UAA, en el cual se hizo un homenaje a Gilberto Giménez. Días después, viajé a Denver, para participar en IR 14.0, el encuentro anual de la Association of Internet Researchers, cuyo tema central este año fue resistencia y apropiación. Para finalizar el mes de octubre, regresé para estar en el congreso del 30 aniversario de las carreras de Comunicación, en la UAA. Se trató de seis semanas muy intensas, llenas de pistas, preguntas y, sobre todo, de una especie de renovación del entusiasmo por la comunicación y las ciencias sociales, así como de esperanza en la búsqueda de un mundo mejor. De esto tratarán los posts de los próximos días.

De raíces biográficas y esas maravillas…

Llegué a «Public space and political public sphere – the biographical roots of two motifs in my thought», de Jürgen Habermas, para ver qué planteaba sobre el espacio público. Encontré lo que buscaba y otro poco. Quienes suelen leer este blog (¿alguien aún lo hace tras mis prolongados abandonos?) saben que hace algún tiempo me pregunto por qué uno investiga lo que investiga. «Any such obsession has biographical roots», dice Habermas y explica las raíces biográficas de sus intereses. El texto es interesantísimo, sobra decirlo.

Gigantes de acero y la relación humano-máquina

Cierto día en una fiesta, Mauricio Benjamín, toda una celebridad de la restauración, me contó de Gigantes de acero (Real steel). Su reseña no iba en torno a los robots y las peleas y no se dignó a mencionar cuan guapo se ve Hugh Jackman, lo que sí me contó es que había una relación muy especial entre los humanos y las máquinas.

En efecto, la película da mucho material para pensar esta relación. De entrada, hay dos posturas claramente identificables de los humanos frente a los robots: Una desde la cual le confieren(conferimos) a la tecnología cierta especie de perfección y la creen(creemos) invencible… claro que esta idea se va por la borda cuando trozos de robots vuelan por doquier. Desde otra postura, se le atribuyen cualidades humanas a la tecnología, como si la capacidad del robot para imitar movimientos lo hiciera un poco humano, como si pudiera pensar y sentir y como si las luces azules de sus ojos pudieran transmitir algún sentimiento.

Además, hay de fondo un discurso frente a la tecnología, en la pelea de Atom contra Zeuz, Atom es el débil, pero lo maneja un ex-boxeador; Zeuz es el fuerte, el gladiador, pero ha sido diseñado por el mejor programador y es manejado por un equipo de programadores. De algún modo, lo humano se impone a lo tecnológico (al más puro estilo de Rocky), a la vez que lo humano está conectado con lo tecnológico (saludos, Bruno Latour).

Al final de cuentas, la reflexión sobre la realidad no tan dual humano-máquina es bastante más densa de lo que esperaría uno en una película hollywoodense. ¿Qué importa que sea otra versión de Rocky?

¿O será que la desviación profesional hace que uno imagine cosas?

Miss Bala y los sentimientos encontrados

Ver Miss Bala me ha provocado sentimientos encontrados. Por un lado, celebro la iniciativa, me agrada que presente esta otra perspectiva de la violencia en México. Creo que su gran acierto es justamente colocar el tema de la naturalización de la violencia y el enorme entramado de vínculos entre áreas que hace años pensábamos ajenas y desconectadas entre sí. Contar la historia a partir de la chica que ni sabe bien a bien qué pasa, me parece que también es un gran acierto y una gran metáfora del estado de confusión de la sociedad frente a las amenazas, que ni sabe claramente de dónde vienen.

Sin embargo, creo que falla en el manejo del tiempo; en el afán por mostrar la fugacidad, pareciera todo ocurrió en tres días y eso le resta profundidad. Creo que también falla en congruencia: hay cosas que no muestra y se entienden perfecto, como la violación de Laura; hay cosas que muestra de más y al final muestra mal, como la escena sexual entre Laura y el narco feíto en la camioneta en una posición anatómicamente imposible o el asesinato del agente de la DEA que termina colgado de un puente.

Por lo demás, para quienes vivimos en Aguascalientes, la sorpresa es considerable al descubrir una Tijuana muy aguascalentense. Gran parte de la película fue rodada en estas tierras, dicen que el gobierno no aportó dinero del erario público a esta película, como sí lo hizo con Abel; pero quién sabe. Como sea, muchos lugares se ven: la calle Madero, Las Antorchas, la Plaza Fundadores, López Mateos con algún paso a desnivel en construcción, el Sindicato Ferrocarrilero, alguna casa perdida en la salida a San Luis… con vista al Cerro del Muerto, la tiendita de cervezas que ocupa el espacio donde alguna vez estuvo Danessa 33, el centro comercial El Dorado, la central camionera, el lugar de las combis. Ahí está todo y, a la vez, podría tratarse de cualquier ciudad.

Por qué se investiga lo que se investiga… más notas

Dar una clase, la que sea, es siempre una oportunidad para aprender. Cuando la clase es de metodología de la investigación, es además apasionante observar cómo los estudiantes construyen sus objetos de estudio. Esta semana, mis alumnitos de LCO discutieron en sus equipos para definir muy inicialmente sus temas de investigación.  Unos tienen más claridad que otros, pero en todos los casos resulta interesante ver por qué eligen lo que eligen: porque han vivido determinado problema en carne propia, porque se trata de un asunto que no conocen tanto y quieren aprender, porque buscan ir haciendo su caminito y generar experiencia en un área concreta, porque les preocupa el futuro, porque ven la incertidumbre en el campo laboral e incluso porque las conexiones familiares permiten acercarse a actores clave y eso se traduce tanto en facilidades para el trabajo como en oportunidades de posicionamiento. En fin, en algún lugar leí que uno investiga lo que le afecta, en muchos sentidos. Lo que me soprende es, tal vez, encontrar razones tan claras y tan sinceras en chavitos de primer semestre. He ahí una de las mil y un cosas que hacen que la vida valga la pena.

La incorporación del reloj y sus implicaciones en la vida social

Si bien no se trata de una tecnología de comunicación e información, la incorporación del reloj se ha vinculado a la transición del trabajo artesanal al trabajo en fábricas, donde surgió la necesidad de medir el tiempo y establecer jornadas laborales. Un asunto concreto para pensar es si comemos cuando tenemos hambre o cuando es hora de comer.

No puedo dejar de pensar en Metrópolis, de Fritz Lang.

Y en el «Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj» de Julio Cortázar.

Todos en el piso

No sabemos qué pasa afuera, sólo escuchamos los balazos. Quizás el video que está abajo es una metáfora perfecta de nuestra situación frente a la violencia, podemos no saber de dónde viene ni qué está pasado exactamente afuera, pero a falta de soluciones colectivas, buscamos formas individuales de enfrentarla o, al menos, de asumirla (a propósito de lo que señalaba en el post anterior).

Alan Santacruz lo expresó mejor que yo, cuando puse el video en mi muro de Fb: «Me ha conmocionado, atroz, Dorix, atroz… el canto de la copla con los niños en el piso, mientras, afuera, las balas de un rifle automático terminan en el cráneo de algún señor». Vaya contrastes. Vaya combo de impotencia, incertidumbre, dolor y esperanza, tenemos.

Soy fan de la maestra, sobra decirlo.

Baarìa

Tornatore volvió a hacerme llorar… o quizá Morricone… o más bien ambos y todo el equipo. Fui a ver Baarìa y encontré más de lo que esperaba: una película algo larga, llena de detalles, aunque a veces la sentí cortada (como que tanta historia no cabe en tan pocos minutos).
Cuando aparecen los créditos, la voz de Tornatore explica que un artista sólo puede hablar de aquello que conoce y Baarìa, dicen, tiene mucho de autobiográfico. Cuenta las vidas de tres generaciones de italianos -concretamente sicilianos- a través de la vida de los Torrenuova: Cicco, Peppino y Pietro, es decir, el abuelo, el padre y el nieto, idealistas los tres, cada uno para lo suyo.
La historia es dolorosa, con grandes cuestionamientos políticos tejidos entre escenas de la vida cotidiana. Tal vez ahí está la belleza, en lograr conectar la historia -de 1930 a 1980- con las biografías.