Notas para pensar la violencia: Rossana Reguillo y Germán Rey en el Encuentro AMIC

Hace poco menos de un mes, se realizó en Pachuca el XXIII Encuentro Nacional de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación, que este año se dedicó a la relación entre violencia, comunicación y vida cotidiana. Tres conferencias, tres paneles y diversas ponencias repartidas en los grupos de investigación, fueron dedicados justamente a pensar la violencia desde la comunicación; pero quiero centrarme en algunas notas de las dos conferencias clave, a mi parecer, en el encuentro: la de Rossana Reguillo y la de Germán Rey.

Rossana Reguillo, con la pasión que la caracteriza, señaló que hay un colapso en las formas interpretativas de la realidad y que no hay suficiente material para pensar las violencias, éstas, dijo, no se inauguraron con el crimen organizado, sino que son una dimensión constitutiva de lo social: la violencia estructural se manifiesta en la exclusión; la violencia histórica se concentra en la anomalía; la violencia disciplinante envía mensajes mediante ciertas categorías identitarias, como los jóvenes y las mujeres (y esto conlleva estrategias de desidentificación); la violencia difusa es la que disloca nuestra vida cotidiana, no sabemos de dónde viene (¿del narco?, ¿de la policía?, ¿de los militares?), puesto que hay un borramiento entre lo legal y lo ilegal. Justamente, la violencia difusa lleva al repliegue a lo privado y al vaciamiento de lo público.

Para pensar la violencia, Reguillo empleó la metáfora de la «sensación térmica» (que antes ya había explicado en su blog), es decir, el encuentro del cuerpo con las condiciones climáticas, para entender cómo es nuestro encuentro con la violencia.

Germán Rey, investigador colombiano, también habló de diversos aspectos de la violencia, en relación con la cultura y la comunicación. Hay elementos comunicativos de la violencia, como la carga simbólica, la tensión visibilidad-invisibilidad, el impacto en la creación de imaginarios sobre la violencia, así como sus narrativas y representaciones, e incluso la estética mafiosa y las contrasimulaciones en la estética urbana. Llamó mi atención que Germán Rey hablara de sí mismo como de un colombiano curado de espanto se espanta ante los rituales de muerte del narco en México.

Sin embargo, frente a la violencia, señaló, la comunicación tiene algo que decir y debe evitar el silenciamiento. De manera concreta, la investigación de comunicación puede aportar a la comprensión de la representación mediática de la violencia, el papel de los medios en el establecimiento de la agenda pública, la construcción social del miedo, la percepción de la violencia y el carácter simbólico de la misma. Para finalizar, dijo que el mundo se le escapó al periodismo, es necesario reinventarnos el mundo.

El hombre de la opción por los pobres

Siempre he pensado que quienes asisten a un funeral dan una idea más o menos clara del muerto. Las imágenes del funeral del obispo Samuel Ruiz dejan ver ríos de lágrimas en las caras de indígenas de ropas coloridas, le lloran como le llorarían a un papá, le cantan para despedirlo, se acercan al féretro con libertad. La opción por los pobres de Samuel Ruiz no se limitó al discurso. Los pobres para los que vivió ahora lloran su muerte. Descanse en paz.

Foto: Víctor Camacho, La Jornada.

Me duele este México rojo

Publicado originalmente en El Cafecito 61 y ahora también en Nuestra aparente rendición.

 

 

When the violence causes silence, we must be mistaken.

The Cranberries, “Zombie”.

 

La primera vez que estuve en Tlatelolco tuve una sensación muy extraña, al estar parada sobre el lugar donde nuestros antepasados indígenas hacían sacrificios humanos y donde ocurrió la masacre de los jóvenes estudiantes en 1968. En muchos momentos de nuestra historia, las manchas de sangre se han acumulado —literal y simbólicamente— en espacios geográficos concretos. Asistimos ahora al enrojecimiento de nuestro mapa, los asesinatos, ya no de individuos sino de grupos de personas, ya no sólo de “delincuentes” sino también de ciudadanos que cometen el grave error de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, con las personas equivocadas y se convierten en “daño colateral”. ¿Hasta qué punto es normal? ¿Dónde comienza a ser demasiado?

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Recuerdo mucho una tira de Mafalda, donde ésta señalaba que tenía un enfermo en casa. Se trataba de un mundo recostado, ya que, en palabras de ella: “Le duele el Asia”. Si retomamos esa metáfora, quizá podamos decir que al mundo le duele todo, le duele China y también Birmania, Inglaterra, Haití, Afganistán y más. También le duele México, con sus graves problemas de feminicidios y el incremento en la comisión de delitos relacionados con el crimen organizado, con el olor a miedo y los ríos de sangre y los gritos de ayuda que no son escuchados.

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“Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y la prosperidad de la Unión, y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”[1], con esas palabras Felipe Calderón tomó protesta como presidente hace casi cuatro años. Alguien no está haciendo bien su trabajo si el bien y la prosperidad se traducen en una supuesta guerra contra el narcotráfico, que ha dejado más destrucción y muerte que soluciones, donde la sensible pérdida de miles de vidas es reducida a un daño colateral. Del otro lado, si la inseguridad y la violencia llevan al silencio y la indiferencia, los ciudadanos —en tanto Nación— no estamos asumiendo nuestros derechos y obligaciones de demandar a nuestros representantes que hagan su trabajo.

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Recientemente fue publicado en Nexos, el artículo “Cómo reducir la violencia en México”, de Eduardo Guerrero Gutiérrez. El autor delinea las tendencias en la violencia en nuestro país desde el año 2001, hace una crítica a la actuación del gobierno mexicano y plantea propuestas concretas de acción. La crítica es clara: “El gobierno federal falló en dos temas cruciales: el diagnóstico del mal y el método para combatirlo. El gobierno supuso, equivocadamente, que las organizaciones criminales no tendrían capacidad para reaccionar ante el asedio gubernamental. Peor aún: el gobierno creyó que él mismo estaba en condiciones de iniciar la guerra en enero de 2007. Este error de cálculo ha implicado enormes costos para el país en términos de vidas humanas y bienestar. El incontrolable aumento de la violencia en varios puntos del país ha propiciado que la estrategia oficial se revierta en contra del gobierno mismo. Junto con la violencia crecen el secuestro y la extorsión, el consumo de drogas y la percepción pública de que la guerra se perdió”[2]. Con frecuencia, el discurso oficial habla del narcotráfico y las organizaciones criminales como si se tratara de una realidad aparte a la que se ataca, pero no se ha reconocido lo que Guerrero Gutiérrez y otros analistas han señalado, la relación entre los “golpes” que el gobierno ha dado con la detención o ejecución de grandes capos y el incremento en los niveles de violencia en la reorganización de las geografías del narco y la reapropiación de territorios.

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En El rechazo de las minorías. Ensayo sobre la geografía de la furia, el antropólogo Arjun Appadurai habla de un contraste entre dos lógicas: la del sistema vertebrado de los estados-nación modernos y la del sistema celular del las redes terroristas. Estas últimas están “conectadas, pero no dirigidas verticalmente; coordinadas, pero notablemente independientes; capaces de dar respuestas sin contar con una estructura centralizada de comunicación; borrosas, pero con claridad”[3]. Quizá sea un error comparar las organizaciones terroristas con el crimen organizado, de entrada, porque aunque existan claras similitudes, hay también muchas diferencias. Sin embargo, quizás esto ayude a entender las fallas en la “guerra” o “lucha” contra el narcotráfico que ha emprendido el gobierno mexicano, porque el enfrentamiento entre sistemas distintos no ha conducido a la añorada tranquilidad, sino a la rearticulación y multiplicación de las organizaciones delictivas.



[1] 500 años de México en documentos (2006, diciembre 1). Toma de protesta de Felipe Calderón como Presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Disponible en: http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/2006_413/Toma_de_Protesta_de_Felipe_Calder_n_Hinojosa_como_Presidente_constitucional_de_los_Estados_Unidos_Mexicanos.shtml

[2] Guerrero Gutiérrez, E. (2010, noviembre 3). Cómo reducir la violencia en México. Nexos. Recuperado el 5 de noviembre de 2010, de: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=1197808. Disponible también en Nuestra aparente rendición: http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com/2010/11/eduardo-guerrero-nos-autoriza-publicar.html

[3] Appadurai, A. (2007). El rechazo de las minorías. Ensayo sobre la geografía de la furia. Barcelona: Tusquets.

Nota suelta sobre la naturalización de la violencia

El martes 22, a las 5, llegué a la biblioteca, abrí mi laptop y de inmediato fui bombardeada vía Twitter con la noticia: habían lanzado una granada en la bodega del Instituto Estatal Electoral de Aguascalientes, donde se guardaban las boletas electorales para el próximo 4 de julio —a eso hay que sumar que menos de 24 horas antes, habían asesinado a un abogado y habían baleado un policía—. No hubo muertos y las boletas también sobrevivieron, pero el hecho de un ataque justo ahí, justo ahora, es por sí mismo un hecho grave y dispara muchas preguntas. Una hora después de la noticia, recibí un correo electrónico, con una imagen en jpg, donde aparecía una fotografía del atentado de Atocha y se incriminaba a cierto partido político en el granadazo al IEE, pero además se equiparaba al ataque terrorista de lo que llamaban “el metro de Madrid”. Mucha velocidad, ¿no? Es como si ya lo hubieran sabido, qué asco. Los días subsecuentes, los dos partidos grandes se dedicaron a culparse unos a otros, más asco. El IEE ha pedido que vayamos jubilosos a votar. Seguramente iremos, aunque no todos y probablemente no con tanto gusto, ante el agotamiento de los discursos y la ausencia de propuestas concretas y viables.

En estos días, las noticias sobre balaceras y asesinatos—a veces múltiples—ya son cotidianas. Aun así, no es dato menor que el lunes fuera asesinado el candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas. Y, además, fue terrible para mí enterarme ayer —vía Twitter, sobra decirlo— de la balacera en Guadalajara, donde murió un policía baleado y además, como “daño colateral”, murieron dos mujeres que iban en un coche contra el que se impactó una patrulla.

Si la “naturalización” de la violencia ocurre cuando “vamos ganando” la guerra contra el crimen organizado —¿o debo decir “la lucha contra la inseguridad”?— no quiero imaginar cómo sería si estuviéramos perdiendo.

¿Dónde está Mexicali?

Estos días no he encontrado a Mexicali en los titulares de los principales periódicos mexicanos, no he visto un gran despliegue informativo en torno del sismo de 7.2 grados que vivieron por aquellos rumbos y tampoco se ha dicho mucho de las réplicas que, si acaso, aparecen como notas secundarias. No se sabe por dónde se puede canalizar ayuda. ¿Dónde está Mexicali? ¿No fueron Puerto Príncipe, Haití y el sur de Chile la nota de ocho por días y días? ¿Acaso el dolor propio duele menos que el ajeno? ¿Fue que estábamos muy ocupados descubriendo quién mató a Paulette o discutiendo si Julio Scherer hizo bien o mal de entrevistarse y fotografiarse con el Mayo Zambada?

Democracia/incertidumbre

He de confesar que los juegos de palabras empleados por Joaquín Villalobos en «México mirándose el ombligo» (publicado en la Nexos más reciente) no me terminan de encantar. Me recuerdan a cierto compañero mío de la maestría que intentaba marearnos planteando que «debemos tener una visión poliédrica de la realidad y pensar qué de cultura/política/economía/violencia tiene la ciencia/interdisciplina/sociedad/cultura» (sí, sí, los términos eran intercambiables, pero todo encajaba en los poliedros). Sin embargo (y con esto regreso a Villalobos), me parece que puntualiza algunos asuntos clave sobre la situación de desesperanza frente a la anhelada democracia en México (y quizá en otros lugares):

«Cuando se descubre que la democracia es incertidumbre, diferencias, debate y mecanismos complejos para tomar decisiones, se produce una nostalgia inconsciente por los mecanismos autoritarios del pasado».

«En las teorías sobre la democratización, se dice que el autoritarismo está hecho de procesos inciertos con resultados ciertos, y la democracia de procesos ciertos con resultados inciertos».

«Hay nostalgia por el México que se perdió y que supuestamente ya no se quería y decepción por el México democrático que se ganó y que supuestamente se anhelaba».

Y así continúa.

Aparecer lo desaparecido: guerra sucia, ausencias y memoria

Esto escribí en El Cafecito más reciente.

Quizá ese día
encontré algo que había perdido antes.
Quizá perdí algo que encontré después.
[…]

Agito mi memoria,
tal vez algo en sus ramas,
adormecido por años,
salga de pronto volando.
No.
Evidentemente exijo demasiado:
tanto como un segundo.

Wislawa Szymborska

A mí me han hecho los hombres que andan bajo el cielo del mundo

buscan el brillo de la madrugada

cuidan la vida como un fuego.

Me han enseñado a defender la luz que canta conmovida

me han traído una esperanza que no basta soñar

y por esa esperanza conozco a mis hermanos.

Entonces río contemplando mi apellido, mi rostro en el espejo

y yo sé que no me pertenecen

en ellos ustedes agitan un pañuelo

alargan una mano por la que no estoy solo.

Juan Gelman

Luz pasó muchos años de su vida sin saber que Aleida era su nombre y que sus padres biológicos fueron Roberto Gallangos y Carmen Vargas. Eso lo supo a los 28, cuando la revista Día Siete publicó un reportaje sobre la desaparición de Roberto Antonio Gallangos Cruz, Carmen Vargas Pérez, Francisco Avelino Gallangos Cruz y los niños Aleida y Lucio Antonio Gallangos Vargas, ocurrida en 1975, en el contexto de la Guerra Sucia en México. Quizá ninguna serie de palabras describa cómo se transformó su vida, cómo tuvo que reconstruirla a partir del reencuentro con su abuela y con la historia de los desaparecidos y cómo luchó hasta encontrar a su hermano que, como ella, había vivido casi 30 años una realidad ajena, con una familia distinta y un nombre distinto.

El rompecabezas de su vida comenzó a armarse entonces y, casi nueve años después, no está completo aún; de hecho, está inserto en el rompecabezas, todavía mayor, de las historias de la represión militar y política, encaminada a disolver los movimientos subversivos del México de finales de los 60 a finales de los 70.

Si bien la de Aleida es una historia que ha logrado ser relativamente visible y aparecer lo desaparecido —ya por el reportaje en Día Siete en 2001, ya por el documental Trazando Aleida, dirigido por Christiane Burkhard en 2008—, hay otras muchas historias cuyas partecitas del rompecabezas no han logrado reunirse. La guerra sucia no fue algo que se quedó en la década de 1970. El dolor de los que ahí perdieron padres, hijos, hermanos, parejas o amigos, vive entre nosotros. La indignación y la impotencia frente a los muchos recursos agotados y casos cerrados, es indescriptible. Las preguntas siguen abiertas y eso que algunos prefieren no contar, otros necesitan gritarlo, porque esas biografías son también la historia de todos.

Más allá de los casos particulares, revisar la memoria silenciada es también pensar quiénes somos como país. Quizá los responsables directos de la represión ya están muertos, pero es evidente que el Estado mexicano le debe una explicación a las familias de los desaparecidos, se las debe, entre otras cosas, por la sistemática violación a sus derechos más elementales; se las debe por la aparición en 2001 y la desaparición en 2006 de la Fiscalía Especializada para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado —¿será esto una metáfora? —; nos la debe a todos porque olvidar a los que alguna vez se opusieron es abrir la puerta a que otras voces, en otros momentos, sean calladas.

Ante la ausencia de respuestas en todos estos años, el 8 de marzo de este año Aleida Gallangos Vargas presentó una demanda ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por la desaparición forzada de sus padres, tíos y algunos amigos. A estas alturas, el daño es irreparable; pero la esperanza de la justicia, no basta soñarla.

Por cierto, asómense al resto del Cafecito…

ángeles en espera: de la tragedia a la participación ciudadana

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Como muchos sabemos, hace menos de dos meses hubo un incendio en la guardería ABC, en Hermosillo, Sonora; en él murieron más de 30 niños y se ha dado a conocer que en este tiempo la cifra de muertos ha llegado a 49. Bien sabemos la historia de injusticias que se ha visibilizado en estos días, en que los inocentes sufren (los niños lastimados o muertos y sus padres que los ven sufrir o los han perdido), mientras los gobiernos no han ofrecido respuestas oportunas ante las demandas ciudadanas de justicia. El Blog de Participación Ciudadana es parte de las acciones de un movimiento ciudadano independiente que busca justicia para los niños y sus familias,en pleno uso de su derecho a la comunicación.

Ángelesenespera blog

En este blog, se recuperan testimonios y aportan información sobre la tragedia, las formas de ayudar a los afectados y las actividades del movimiento. Los integrantes se expresan públicamente a través de ésta y otras vías, tejen redes con otros ciudadanos (algunos geográficamente distantes) y construyen memoria de lo ocurrido, cosa muy importante en tiempos como los nuestros, donde, a decir de Jesús Martín Barbero, lo común es que se produzca presente y se fabrique olvido.